Toda esta aventura empezó el día en que Jose Pablo vino con la historia. Teníamos todavía el Canal de Castilla reciente en nuestra memoria, por lo que fue sencillo animar a todo el mundo y reunir en un grupo de whatsapp a una buena cantidad de locos: Chema, Juanma, Jaime, Javi, Jorge y Álvaro fueron los primeros en unirse. En cuanto se lo dijimos al “comando Valladolid” no tardaron mucho: Diego y Galán causaron alta inmediata en la aventura. La guinda del pastel la puso Dani, que se apuntó más tarde para redondear una grupeta considerable. Según se fue acercando la fecha fuimos sufriendo algunas bajas por causa de fuerza mayor. Álvaro y Javi tuvieron que abandonar la convocatoria, por lo que al final quedamos reducidos a nueve.

Preparando la ruta por el Valle del Jerte

La idea original consistía en aprovechar un par de rutas de wikiloc que JP había elegido para hacer el recorrido Béjar – Tornavacas el primer día y Tornavacas – Béjar el segundo, pero Juanma decidió hacer unos cambios (acertados) tras consultar las rutas. Cambiaríamos el sentido de las marchas y el punto de partida, que pasaba a ser Puerto Castilla. De esta forma pasaríamos la noche en Béjar, que a priori tendría más alternativas para alojarnos que Tornavacas. De paso nos quitábamos unos kilómetros de subida del puerto de Tornavacas el segundo día, muy de agradecer.

Una vez claro el recorrido, llegaba el turno de la logística. Aquí jugó un papel importante Raúl, un compañero de trabajo natural de Béjar, que nos recomendó dormir y cenar en el hostal “La Otra Casa“. Mario, otro compañero de Baños de Mantemayor, nos hizo la última sugerencia: rodar por la Vía Verde que une Hervás con Béjar y pasar de la carretera. Todo un acierto que más de uno le está agradeciendo todavía…

Con todo ya cerrado, no quedaba sino batirse. El sábado a las 7:30 se presentaron en Boadilla Jaime y Jose Pablo. El plan era ir en mi coche hasta Barco de Ávila, donde nos juntaríamos con Juanma (que llevaba a Chema y Dani en la furgo), Jorge (que pasó la noche allí) más Diego y Alberto Galán, que habían hecho una parada técnica en su hostal de Béjar para dejar el material y rodar con lo puesto.

Todo salió a la perfección y, con puntualidad suiza, nos encontramos en el hotel Bellavista para desayunar. Poco más tarde ya estábamos listos para llegar hasta Puerto Castilla y empezar nuestras andanzas.

Montando el campamento en Puerto Castilla

Puerto Castilla es un municipio perteneciente a la provincia de Ávila que se encuentra entre las sierras del Tremedal y de la Nava, a menos de 5 km del puerto de Tornavacas. Allí dejamos los coches y montamos todo el circo con las bicis.

Fue en este momento cuando alguno confesó que se había olvidado la ropa de torero en casa (Diego, esa cabeza…), otros sacaron sus alforjas (Chema y Jose Pablo fueron los más cargados) y otros viajamos más ligeros. En este último grupo destacó el curioso invento de Dani, que colocó una bolsa de deporte en el manillar con unas cuantas bridas que le funcionó a la perfección. Mi plan era viajar lo más ligero posible, llevando sólo mi bolsa Vaude Silkroad con unas chanclas, un pantalón corto, un culotte para el día siguiente y un par de camisetas. Nada de camelbak, como de costumbre, ya que el agua iba en un par de bidones.

Una vez en marcha, los primeros kilómetros nos llevarían por una relajada subida por la N-110 hasta el puerto de Tornavacas (1275 msnm), donde pudimos disfrutar de una preciosa vista del valle del Jerte antes de cambiar Castilla y León por Extremadura.

Tornavacas

Tras las fotos de rigor llegó el turno de la bajada hasta Tornavacas, ya en la provincia de Cáceres. Aquí es donde nace el río Jerte, que da nombre al valle. Como curiosidad, decir que el nombre  del pueblo nació de la orden que el rey Ramiro II de León dio a su lugarteniente para que regresaran unas vacas que usaron en la reconquista para ahuyentar al ejército musulmán. El lugar donde dieron vuelta los astados pasó a denominarse “Tornavacas”.

Nosotros seguimos nuestro frenético descenso bordeando el río, abandonando Tornavacas y llegando al pueblo de Jerte por la misma carretera. Ya estábamos a 580 metros de altitud nada más, con lo que llegaba el plato fuerte del día: el temido puerto de Honduras.

Subiendo el puerto de Honduras

Este puerto nos proporcionó alguna de las mejores vistas de la zona norte. Une dos grandes valles: el valle del Jerte y el del Ambroz. Tiene una primera subida de unos doce kilómetros, aunque no se corona hasta los diecisiete. La pendiente media es del 5%,  bastante mantenida en todo el recorrido. Una prueba para nuestras piernas, sobre todo a esta altura de la temporada.

Empezamos a subirlo a un ritmo muy alegre, algo que nos pasó factura a todos (aunque íbamos callados como machotes que somos), hasta que en el kilómetro cuatro echamos pie a tierra en una sombra para reagruparnos y descansar un poco tomando algún gel y/o frutos secos. Una vez reemprendimos la marcha, empezamos a disfrutar de unas vistas maravillosas. La hora no acompañaba mucho, pues el calor apretaba de lo lindo, así que adecuamos el ritmo para no desgastarnos demasiado. El grupo se dividió en dos para que aquellos que iban más ligeros fuesen más cómodos.

Poco a poco la vegetación fue cambiando y los cerezos del principio fueron dejando paso a los robles, más adaptados a las temperaturas bajas y menos exigentes para este tipo de suelo. El valle del Jerte es más cálido y seco que el del Ambroz, al otro lado del puerto, ya que este último se abre más hacia el noroeste. Esto hace que la vegetación sea muy distinta en ambas vertientes, algo que constataríamos más adelante.

Mientras tanto continuamos con nuestro ascenso, lento pero seguro, haciendo todas las paradas que nos pedía el cuerpo. En una nos dimos el gustazo de meter la cabeza en un pilón del ganado y todo. Poco antes de coronar el primer pico del puerto de Honduras (ver ruta un poco más abajo) conectamos con el primer grupo, que iba un poco más adelantado, y seguimos del tirón hasta el segundo pico para hacernos la foto más buscada del día: la del letrero del puerto de Honduras con sus 1440 metros. Las vistas a ambos valles desde lo alto del puerto son espectaculares, pudiendo disfrutar del macizo de Gredos en la lejanía.

Puerto de Honduras

Puerto de Honduras

Como vimos que íbamos bien de tiempo, decidimos bajar hasta Hervás y comer con mesa y mantel en lugar de tirar de barritas. El descenso hasta allí fue muy divertido, muy rápido y con una vistas preciosas. Los matorrales de la cima dejaron paso rápidamente a los abedules, algo que nos llamó la atención porque son árboles muy extraños para la zona, más propios del norte de España.

Galán iba bajando como un cohete, mientras que Diego y yo íbamos a su zaga. Daba gusto rodar cuesta abajo por esa carretera con tan poco tráfico, que por momentos me recordaba a la bajada a Triacastela de nuestro primer Camino de Santiago. Según bajaban los metros nos íbamos adentrando en un precioso castañar, cuya sombra nos vino al pelo para refrescarnos a pesar de que algunas castañas casi nos alcanzan en pleno descenso al caer del árbol.

Recuperando en Hervás

Allá por el kilómetro cincuenta de la ruta llegamos a Hervás. Eran poco más de las tres de la tarde, así que nos dispusimos a devorar lo que nos pusiesen en el primer sitio que encontrásemos. Este sitio fue el bar D´Veras, justo a la entrada del pueblo. Su hamburguesa de buey resultó bastante correcta, aunque les pillásemos sin jarras frías.

Para abandonar el pueblo debíamos buscar la vía verde, que nos recomendó Mario para evitar la carretera hasta Baños de Montemayor. En el bar nos dijeron que el puente de hierro de la vía estaba cerrado, por lo que tuvimos que entrar en el pueblo para salir a la vía dejando atrás el puente. Para eso tuvimos que atravesar la célebre judería de Hervás por su entramado de calles y edificios judíos.

Hervás surgió allá por el siglo XII de una ermita situada a la ribera del río Santihervás, edificada por monjes templarios en la repoblación que tuvo lugar tras la conquista de los cristianos. Tras la expulsión de los mismos, a principios del siglo XIII, se construyó el castillo. Ya en el siglo XV se estableció una importante comunidad hebrea junto al río Ambroz, que daría lugar a la ya citada judería.

Encontramos el acceso a la Vía Verde gracias a dos ciclistas que iban hacia allí. Aunque tuvimos que cargar las bicis a cuesta un pequeño tramo, valió la pena. Con la Vía Verde nos ahorraríamos unos cuantos desniveles y el tráfico de la carretera, pudiendo llegar a Béjar del tirón con una pendiente más que llevadera. Estos veinte kilómetros que nos separaban de Béjar eran parte de la Vía Verde del norte de Cáceres, que une Plasencia con Béjar. El recorrido total es de  de 48,5 kilómetros y discurre por la antigua Ruta de la Plata, que unía Palazuelo y Astorga, pero que está abandonada desde 1996. Nosotros sólo haríamos el tramo entre Hervás y Béjar.

Aunque la Vía Verde iba a ser coser y cantar, los primeros metros no fueron tan cómodos. El cansancio acumulado en el puerto de Honduras y el parón de la comida estaban dejándose notar, aunque pronto recuperamos el ritmo para devorar los primeros kilómetros de subida hasta Baños de Montemayor. Las vistas hacia el embalse ayudaban.

Bordeando Baños de Montemayor

Una de las cosas malas de rodar por la Vía Verde es que ya no atravesábamos Baños de Montemayor, el pueblo del que Mario me había estado hablando maravillas. De este bonito pueblo destaca su balneario (que en realidad son dos, separados por la carretera de la Vía de la Plata), construido en el siglo II a.C. por los romanos.

Otra singularidad es que, a pesar de ser un pueblo relativamente pequeño, cuenta con dos iglesias porque el municipio perteneció al mismo tiempo a dos diócesis diferentes: la de Plasencia y la de Coria. La Vía de la Plata marcaba el límite de estas dos divisiones, así que Baños de Montemayor está atravesada de norte a sur por esa vía.

La Vía Verde empezaba a suavizar su pendiente al según abandonábamos Baños. Uno de los puntos más bonitos del recorrido es el antiguo túnel del ferrocarril, situado justo a la altura de Baños. Ahí aprovechamos para hacer un reagrupamiento, tirar algunas fotillos para el recuerdo y hacer algún que otro chascarrillo con el túnel con las linternas de Jose Pablo y Juanma, que fueron nuestros mejores amigos hasta que nos dimos cuenta de que el túnel tenía luz activada por sensor de movimiento 😀

Llegada a Béjar

Una vez cruzado el  túnel ya sólo quedaba recorrer los pocos más de diez kilómetros que nos separaban de Béjar. Ya en la provincia de Salamanca, la poca pendiente de la Vía Verde en esta parte nos permitió rodar rápido y que algunos lanzasen algún que otro sprint. Uno de estos acabó con sorpresa: Jorge sufrió un leve pinchazo muscular en la pierna, pero Galán hizo saltar uno de los rodamientos del pedalier. Aunque pudo seguir sin problema hasta Béjar, la transmisión estaba tocada y, salvo milagro, no podría salir al día siguiente para completar la ruta.

Justo al final de la Vía Verde, en la estación, encontramos un albergue en el que nos tomamos unas buenas cervezas. Jorge hizo de buen samaritano e hinchó las ruedas de toda una familia porque le hicieron el viejo truco del autostop (eso de esconderse todos y salir cuando algún alama caritativa ha parado). Las vistas a la muralla medieval de la ciudad indicaban que Béjar era un hito importante en nuestro camino. No en vano se distingue como el núcleo de población más importante del sureste salmantino y se considera la capital de la comarca de la Sierra de Béjar.

Una vez terminados los refrigerios nos dispusimos a buscar “La otra casa“, el alojamiento sugerido por Raúl. La encontramos gracias a Jorge, que tiró de Google Maps. Diego y Galán se alojaron en otra, pues reservaron un poco más tarde y ya no había habitaciones libres.

Para cenar decidimos salir a conocer un poco el pueblo, aunque sin movernos demasiado de la zona. Así llegamos al Novelty, aunque ahí no fuimos bien recibidos. Después de que nos tuviesen unos cuarenta minutos esperando por la mesa, y a la vista de que éramos los únicos en el bar a los que no nos estaban sirviendo aperitivos con nuestras bebidas, decidimos mudarnos al otro lado del parque de la corredera y cenar en el Charlie Comedy, que fue un acierto total. Sus hamburguesas y pizzas merecieron mucho la pena, sólo estropeadas por el frío que pasé en la terraza. Culpa mía, porque para viajar ligero sólo metí el pantalón corto, la camiseta y unas chanclas (el plan era cenar en el sitio en que estábamos alojados).

Al acabar nos fuimos a la cama sin más dilación. El día siguiente, aunque más fácil que este, pintaba duro. Y algo me decía que habíamos subestimado la etapa…

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