Va pasando el tiempo y se va acercando la tan temida 10000 del Soplao. Ya iba siendo hora de empezar a preparar alguna ruta larga para ir poniendo a prueba nuestras piernas, así que Jose Pablo no dudó a la hora de aceptar la invitación de unos amigos para hacer una ruta larga por una zona muy bonita: la Sierra del Rincón.

La ruta prevista salía de Valdepeñas de la Sierra, ya en Castilla la Mancha, y volver después de unos 93 kilómetros por los últimos pueblos de la Comunidad de Madrid: la conocida como «Sierra Pobre«. Pero si seguís leyendo veréis que el destino tenía otros planes para el sábado.

Preparando la ruta

La hora oficial de salida estaba establecida a las 08:00 desde Valdepeñas de la Sierra. Para ello era necesario salir un poco antes de las 07:00, así que a esa hora se presentó Jose Pablo a recogerme. GPS al canto y rumbo a Castilla la Mancha.

Allí teníamos previsto encontrarnos con Chema (viejo conocido de nuestra Madrid – Segovia), Michel (que saca siempre que puede sus ruedas a paseo) y Josete para luego salir al encuentro de Jorge, que nos esperaría a las 09:00 en El Atazar.

La cosa empezó a torcerse cuando Chema nos mandó un SMS diciendo que se caía de la convocatoria porque había pasado una noche toledana y apenas había dormido tres horas. Todavía estábamos saliendo de casa, pero se lo dije a JP: «esta ruta tiene una pinta rara«. Y es que tenía la sensación de que no la llevaba preparada, que la ruta me había pillado por sorpresa. La noche anterior me tocó hacer la mochila (sabéis que odio llevar mochila en bici) a la carrera: bocadillos para la ruta, agua, barritas, geles, baterías, cámaras (de vídeo y de ruedas 😀 ) y hasta el foco porque estaba previsto acabar la ruta de noche. Malas sensaciones…

La cosa se complicó cuando, pasado el pueblo de Patones, el Waze (la app GPS que uso) perdió conexión y no nos avisó en el desvío que teníamos que coger para llegar a Valdepeñas de la Sierra. Aparecimos en las cercanías del embalse de El Atazar. Cuando recuperamos cobertura y el cacharro calculó de nuevo la ruta tocó volver sobre nuestros pasos hasta el dichoso desvío. El resultado fue llegar al punto de partida con una hora de retraso sobre la hora prevista.

Salida de Valdepeñas de la Sierra

Allí nos estaban esperando Michel y Josete, que ya se habían tomado un par de cafés para hacer tiempo. Montamos las bicis a la carrera y nos pusimos en marcha para no perder más horas de luz y no hacer esperar mucho más a Jorge.

Salimos de Valdepeñas de la Sierra por una carretera que nos llevaría rápidamente hasta Alpedetre de la Sierra (aquí todo es de la Sierra). Un par de subiditas cómodas para ir entrando en calor y a los cuatro kilómetros ya nos encontrábamos en el reguero del Bustar, el punto más bajo de la ruta. A partir de ahí todo sería subida. Las pistas por las que rodábamos eran muy cómodas, con firme de tierra en muy buen estado y muy amplias. Las vistas eran inmejorables: cuando no rodábamos por bonitos pinares lo hacíamos con una panorámica de la presa de El Atazar.

Entrando a la Comunidad de Madrid

A los doce kilómetros de ruta, tras parar a hacer unas fotos en un bonito puente sobre el arroyo Robledillo, entramos a la Comunidad de Madrid.

Enseguida llegamos al pueblo de El Atazar, que da nombre al embalse más grande de la Comunidad de Madrid. Como nota curiosa os diré que este embalse fue una de las obras más importantes de la dictadura y que recoge en torno al 46% de las reservas de agua de la región. Su coste final quintuplicó el previsto inicialmente, pues el diseño de la presa supuso un auténtico alarde técnico para la época al ser de las primeras construidas en España con una bóveda de doble curvatura.

En el pueblo nos estaba esperando Jorge, un amigo de Michel. Mientras se cambiaba de ropa (iba demasiado abrigado, como nos pasó a JP y a mí) aprovechamos para tomar una barrita. A continuación nos esperaba el plato fuerte del día: un tramo facilón de seis kilómetros bordeando el río de la Puebla para ir a parar a una monumental subida de ¡dieciséis kilómetros y casi ochocientos metros de desnivel!

La subida a Peña Cuervo

La kilométrica subida podríamos dividirla en dos partes, siendo la primera de ellas la que transcurre desde los llanos de la Portezuela (km 22 de la ruta) hasta el llano de las zorreras, en el kilómetro 32 aproximadamente. En este tramo afrontamos un total de unos cuatrocientos metros de desnivel, que se hacen más o menos llevaderos porque el firme es bueno y las piernas todavía van frescas a pesar de los kilómetros que llevamos acumulados.

La segunda parte de la subida no sería tan «llevadera». Esta parte, de unos seis kilómetros de distancia, nos haría subir otros cuatrocientos metros de desnivel. Aquí tuvimos que defendernos como pudimos en un terreno bastante más suelto que el anterior, con numerosas piedras en la pista y unas zetas muy agresivas y de considerables pendientes en alguna parte. Yo me llevé un susto cuando el desviador delantero dejó de funcionar durante un rato, seguramente debido a una piedra u otro objeto que impedía el buen funcionamiento. Afortunadamente llegamos a una alberca y decidimos parar, por lo que yo pude revisar por encima el cambio y dejarlo funcionando tras un buen chorro de agua.

Reanudar la marcha tras esta parada fue una auténtica odisea. A mí me costo muchísimo subirme a la bici de nuevo y unos cuantos metros más adelante, llegando casi a la cima, tuve que echar pie a tierra porque ya no podía más. Josete ya llevaba un rato esperándonos arriba (vaya forma de subir) y JP subió como un campeón sin bajarse de la bici. Desde que se ha pasado al carbono francés está intratable 😀

Una vez arriba decidimos dar buena cuenta de nuestras viandas. Yo tiré del sandwich de pavo que me preparé a la carrera por la mañana, pero Jose Pablo fue fiel a su embutido casero as usual. Unas preciosas vistas hacia Prádena del Rincón desde lo más alto de la sierra fueron una bonita recompensa a tanto sufrimiento.

La avería

Poco antes de parar a comer noté un cierto ruido proveniente del núcleo, lo cual me hizo recordar los malos momentos de la última visita a las Zetas de la Pedriza. Los peores presagios se confirmaron cuando subimos de nuevo a las bicis tras el parón: el núcleo se había vuelto a romper. Supongo que el arreglo de los trinquetes que me hicieron aquella vez había dicho basta y uno de ellos se habría desprendido y bloqueaba los pedales, que no podían rodar libres en ningún momento sin hacer un ruido infernal y amenazar con una avería mucho más gorda.

Cuando unos kilómetros más tarde llegamos a la carretera M130 decidí abandonar. Hablando con los compañeros vimos conveniente hacerlo antes de sufrir una avería más gorda y aprovechar la carretera para acercarme hasta un pueblo cercano. Allí esperaría a que JP volviese a por mí al acabar la ruta, aunque eso podían ser unas cuantas horas de espera.

Ellos siguieron su camino y yo decidí llamar a mi hermana para que viniese al rescate. El punto de recogida sería Puebla de la Sierra, pues la carretera parecía más despejada en ese sentido que en el de Montejo de la Sierra.

Puebla de la Sierra

Puebla de la Sierra

Rumbo a Puebla de la Sierra

Este tramo por carretera tiene el honor de ser el más extraño que haya hecho hasta la fecha. En este recorrido de once kilómetros se agolparon muchas sensaciones enfrentadas: al principio sentía rabia por haber tenido que abandonar por una avería por primera vez en mi vida (y llevo unos cuantos kilómetros en las piernas ya), aunque pedalear en soledad por esos preciosos parajes enseguida hizo que me olvidase del ruido a carraca que llevaba y disfrutase de las vistas. Incluso en algún momento me sorprendí silbando, totalmente desconectado del día a día. Fue una sensación preciosa ver todos esos bosques con los colores del otoño en un precioso día de sol y bajando solitario por una carretera que serpenteaba cómodamente…

Al llegar a Puebla de la Sierra ya había recorrido casi cincuenta y tres kilómetros. Estaba cansado, pues la subida tan larga había hecho mella en mis piernas. Al fin y al cabo había completado el tramo más duro de la ruta planificada, por lo que la esencia del «entrenamiento para el Soplao» estaba conseguida.

Para hacer tiempo hasta que me «repatriasen» decidí tirar de bocadillo de lomo en la plaza del pueblo y disfrutar de las vistas. Buscando algo de información en Internet para matar el tiempo vi que antiguamente este lugar era conocido como Puebla de la Mujer Muerta hasta mediados del siglo XX, haciendo referencia a los cerros a cuyo pie se asienta la villa y cuya silueta recuerda la de una mujer tumbada.

Rescatado al fin

Mi hermana llegó dos horas después. Metimos la bici en el coche y emprendimos la vuelta por esos caminos tan malos hasta llegar a casa.

Jose Pablo llegó unas horas más tarde a casa para devolverme todo lo que me había dejado en su coche. Me contó la odisea que sufrieron ellos también: no pudo terminar la ruta prevista porque Jorge llegó a pinchar en tres ocasiones y se quedaron sin cámaras de repuesto, por lo que decidieron separarse de Miche y Josete para no alargar demasiado la jornada. Llegó a Valdepeñas de la Sierra cuando empezaba a caer la noche (menos mal que llevaba linterna), completando unos setenta y cinco kilómetros aproximadamente.

Michel y Josete sí que consiguieron acabar la ruta, hasta donde sabemos. Seguramente llegaron con bastante oscuridad a Valdepeñas, pero con el alama renovada y la satisfacción de haber disfrutado de una ruta preciosa.

Tendremos que reclutar de nuevo a Chema para completar la ruta, a pesar de estar gafada 😀

Ya sabéis que tenéis disponibles todas las fotos que hice en la ruta en su correspondiente álbum de Facebook. El track de la ruta está disponible en mi perfil de Strava.