Por fin llegó el día: Santiago de Compostela nos esperaba al final de la ruta. De nuevo, como el año pasado, una sensación agridulce se apoderaba de nosotros: la alegría de culminar el reto de 2018 se mezclaba con la pena de saber que la vuelta a la rutina nos esperaba al volver a casa. Si todo iba bien, claro.

Amanece en Caldas de Reis

El día amaneció muy propicio para montar en bici. Lo primero que hicimos para disimular nuestra fechoría de subir la bici a casa fue bajarla al portal rápidamente, por si al casero le daba por pasar revisión. Enseguida aparecieron por el salón de casa Jose Pablo y Jaime quejándose de las campanas de una iglesia cercana, que por lo visto habían estado sonando toda la noche y no dejaron escuchar los ronquidos. Era la iglesia de Santo Tomás, llamada así en recuerdo al paso de Santo Tomás de Canterbury por la villa en 1170. Como Ramón y yo dormíamos en una habitación interior, ni nos enteramos de las campanas. Aunque, con el cansancio que llevaba encima la noche anterior, estoy seguro de que tampoco las hubiese notado.

El desayuno lo hicimos en la panadería Cervela, a base de palmeras de chocolate (mi árbol favorito), zumos y cafés. Volvimos de nuevo a casa a saldar nuestras cuentas, recuperar las bicis del cuarto en que estaban guardadas (el casero nos las había llevado amablemente hasta el portal) y salir haciendo rueda.

Callejeamos un poco hasta salir de Caldas. Poco antes de seis kilómetros llegamos a Carracedo, el pequeño pueblo que coronaba nuestra primera subida del día, bastante llevadera. Fuimos rodando en paralelo a la AP-9 hasta el kilómetro ocho, cuando cruzamos al otro lado por un paso elevado. El camino estaba siendo muy placentero, pues era una ligera bajada constante flanqueada por unos poblados bosques.

Pontecesures

El último gran núcleo urbano antes de llegar a Padrón, donde teníamos previsto hacer una parada técnica. Pontecesures fue una importante población en el pasado, ya que su puerto llegó a denominarse “puerto de Compostela“, pues la mayoría de las mercancías que iban hacia Santiago salían de aquí.

Cruzamos el río Ulla por un puente romano del siglo I que da nombre al municipio, ya que algunos historiadores dieron como artífice del mismo a César Augusto. Consta de diez arcos que unen las provincias de Pontevedra y A Coruña.

Tras unas cuantas fotos, seguimos el Camino en busca del río Sar para bordarlo hasta llegar a Padrón.

Padrón e Iria Flavia

Padrón es un hito importante en el Camino de Santiago. La llegada de los restos del apóstol Santiago hacia el año 44 d. C. significaron el punto de partida de la tradición Jacobea. Después de su muerte en la ciudad de Israel, la tradición dice que sus restos fueron trasladados por barca desde allí hasta “el Pedrón“, una columna de granito que hoy está bajo el altar de la iglesia de Santiago y que marca el lugar donde la barca encalló. Los restos fueron depositados posteriormente en el monte Libredón, donde hoy en día se levanta la catedral de Santiago.

Padrón

Padrón

Nosotros aprovechamos para hacer un alto en el camino y disfrutar de la visita de mis primos y mi ahijado, que estaban visitando por esas fechas a la familia materna. Tomamos un par de cervezas, pero decidimos no detenernos a comer porque era un poco pronto y quedaba más de la mitad de la etapa (estábamos sólo por el kilómetro dieciocho). Así que una visita a la Iglesia de Santiago, para ver la famosa piedra dónde se ató la barca del apóstol, un sello para la credencial y rumbo a Santiago a paso ligero. Muy bonita la iglesia, por cierto, de estilo neoclásico con muestras de otros templos anteriores dentro de sus muros.

Justo a la salida de Padrón hicimos una parada para visitar la Iglesia de Santa María a Maior en Iria Flavia, muy importante por ser antigua Sede Episcopal y estar considerada como el primer templo mariano del mundo. Situada frente a la Fundación Camilo José Cela (ilustre personaje de este municipio), es una de las más antiguas de Galicia, y en sus jardines se pueden observar hoy en día varios de los sarcófagos de los veintiocho obispos que estuvieron enterrados en la iglesia.

Según dice la tradición, fue en Iria Flavia dónde predicó por primera vez el apóstol Santiago durante su estancia en España.

Seguimos nuestra ruta, pues nos quedaba un buen trecho de subida. No llegamos a pedalear mucho, pues siete kilómetros después decidimos parar a comer en A Escravitude.

A Escravitude

El lugar está justo al final del primer repecho. Como ya íbamos algo justos de fuerza y la parada en Padrón nos había roto el ritmo, decidimos parar a comer algo en la “Pousada Galega“, justo frente al santuario de A Escravitude. Ya llevábamos veinticinco kilómetros de ruta a estas alturas.

El Santuario es un templo del siglo XVI, que se empezó a construir sobre la denominada “Fonte Santa“,  sufragado con las donaciones de los fieles que acudían al lugar por las propiedades curativas del agua. De la fuente se narra una interesante y milagrosa historia que intenta explicar el origen del santuario: cuenta la leyenda que un hombre enfermo que hacía el Camino de Santiago para conseguir la curación a su retención de líquidos paró en ella a beber y poco después estaba curado sin la intervención de ningún médico. Viéndose sano, el hombre exclamó: “Gracias, Virgen, que me libraste de la esclavitud de mi mal“, así que de ahí viene el nombre de este lugar.

Después de reposar la comida salimos de nuevo en busca de nuestro destino. Restaban poco más de veinte kilómetros hasta Santiago de Compostela, pero casi todos en subida. Los primeros transcurrieron por pista, pero un poco más adelante tuvimos que salir hasta la N-550 para rodar poco más de un kilómetro junto al tráfico y hacer un cruce un poco complicado para llegar hasta Osebe por pista.

Perdidos

Poco después de dejar atrás Osebe llegó el percance de la jornada. En el kilómetro treinta y cinco de la ruta nos perdimos. Supongo que dejamos atrás alguna señal, lo que hizo que llegásemos hasta la M-550 de nuevo y atravesásemos el pueblo de O Milladoiro.

Nos dimos cuenta de que nos habíamos desviado del camino al llegar a una rotonda a la salida del pueblo, pues había un buen nudo de carreteras (la AP-9, ni más ni menos), con lo que echamos pie a tierra para buscar de nuevo la ruta original. Gracias a Jaime y un poco de Google Maps volvimos al camino, que transcurría un poco más arriba de nuestra posición. No nos habíamos desviado mucho, menos mal…

La subida acababa en O Milladoiro, por lo que a partir de ese punto comenzamos a descender hasta el Río Sar, que nos indicaba que ya estamos a las puertas de Santiago de Compostela.

Entrando en Santiago de Compostela

Después de pedalear un rato por un pedregoso sendero al lado del río empezamos a ver las primeras casas de la ciudad. Justo al principio de una subida vimos que el camino se bifurcaba, con lo que tocaba elegir entre dos opciones: por la izquierda se sube directamente hacia la catedral. Por la derecha, el camino nos lleva por delante del Monasterio y la iglesia de Santa María de Conxo.

Nosotros elegimos el camino de la izquierda, pues nos parecía el más directo y ya teníamos ganas de plantarnos frente a la catedral. El camino nos llevó así por la Rúa Rosalía de Castro hasta la misma entrada de la zona monumental, aunque el desnivel era bastante fuerte. Una última rampa que sacó lo que nos quedaba dentro, pero la sensación de ir entrando en Santiago siguiendo las torres de la catedral resultó muy estimulante.

Poco más de cuarenta y cinco kilómetros después de tomar la salida en Caldas llegamos a la Plaza del Obradoiro por el lado contrario al del año anterior. Allí estaba esperándonos la catedral, que lucía mucho más bonita que el año anterior, ya despojada de casi todos los andamios. No pudimos disfrutar del pórtico de la gloria por muy poquito, pues se abrió al público unas semanas después de nuestro viaje, pero aún así mereció mucho la pena.

Para rematar la aventura sólo nos quedaba acercarnos hasta la oficina del peregrino a recoger nuestra credencial. Aquí se volvió a ver una vez más que este año llevábamos la suerte de cara, pues a pesar de las conjeturas de Jose Pablo y Ramón, apenas tardamos quince minutos en obtener nuestra acreditación. Segunda muesca al revolver, que diría uno que yo me se…

El “tercer tiempo” y la vuelta a la rutina

El hostal Mafer resultó estar muy bien. A pesar de estar poco adaptado para bicicletas, los dueños se portaron muy bien y nos dejaron meterlas en una habitación, que habíamos acordado con ellos previamente. Tras una buena ducha y un rato de charla (y wifi para las redes sociales), salimos a conocer la noche de Santiago.

A Casa Da Collona

A Casa Da Collona

El sitio para cenar ya estaba elegido, siguiendo las recomendaciones de mi comadre Ángela: “A Casa Da Collona“, que ahora se había reconvertido en ACDC. Una buena mariscada puso el broche de oro a nuestra aventura. Después de eso, una copa rapidita y a la cama, que mañana todavía nos tocaba llevar las bicis hasta el hostal La Salle (donde nos quedamos el año pasado) para que SEUR las mandase de vuelta a casa.

Para volver a casa elegimos hacerlo en RENFE. Como la salida estaba programada con tiempo, fuimos dando un paseo hasta la estación de tren. Un primer tren nos llevaría hasta Orense, donde cambiaríamos a otro de alta velocidad. El coche bar nos hizo muy llevadera la vuelta a casa, mucho mejor que la paliza que nos dimos el año pasado con la furgoneta. Y es que la experiencia es un grado, sin lugar a dudas.

Como ya sabéis, podéis ver todas las fotos de este reto en el álbum de Facebook.