La noche en el albergue Constantino no se puede definir con una palabra que no sea pesadilla. La buena noticia es que ya había pasado. Tras una nada reconfortante noche tirado en el suelo, la buena noticia es que ya empezábamos la tercera jornada de nuestro Camino de Santiago y poníamos rumbo a España (bueno, Galicia según aquel nacionalista que nos encontramos comiendo en la primera etapa). Redondela era el objetivo.

Desayunando

La etapa empezaba en alto, así que bastaba con dejarse caer hasta el primer lugar en que nos diesen algo caliente para desayunar. Durante la bajada no pudimos evitar echar una mirada de envidia al albergue municipal, que parecía mucho mejor preparado que nuestra “casa de la colina”.

Desayunamos en el Café Jaime, a dos kilómetros escasos, justo en el punto en que la ruta abandona la carretera para volver a nuestro amado adoquín portugués. En este lugar me llamó mucho la atención una placa que conmemoraba la primera flecha (en el cartel ponía “seta”) amarilla del Camino de Santiago, algo que no encajaba para nada con la conocida historia de la señal inventada por Elías Valiña. Cuando tenga algo más de tiempo investigaré sobre esa placa conmemorativa, pero debo decir que tengo mis dudas…

El caso es que, varias tostadas y cafés después, tocaba subirse a la bicicleta de nuevo y empezar a apretar los dientes en la corta subida que se venía encima. El adoquín resultó no ser nada reconfortante para nuestras posaderas, aunque cada vez estaban más acostumbradas a estos menesteres.

Unos metros después del Café Jaime llegó el primer sobresalto del día: un radio de mi rueda trasera decía basta con un ruido seco. Nos limitamos a asegurarlo para que no molestase al pedalear, pero experiencias anteriores con estas ruedas me decían que la cosa no terminaría ahí.

En el kilómetro cinco coronamos nuestra primera subida del día, que se preveía mucho más llevadero que el anterior en cuanto a desnivel acumulado. Estábamos en San Bento y una trepidante bajada aparecía ante nosotros.

En esta bajada nos encontramos un caso bastante desafortunado: un grupo de endureros estaba descendiendo en modo competición hasta que uno de ellos se llevó por delante a un peregrino, que se encontraba tirado en el suelo mientras el grupo que iba con él lo atendía. El revuelo que había montado era de película, y no era para menos. Algunos peregrinos estaban amenazando con llamar a la policía, incluso. Ver para creer: el Camino de Santiago usado como si de una pista de competición se tratase. Increíble. Algún día os explicaré más a fondo mi opinión sobre pruebas como la Pilgrim Race, que utilizan el Camino de Santiago precisamente para fomentar “competiciones”, algo que me parece una aberración.

Volviendo a nuestro recorrido, los kilómetros pasaban fácilmente para todos menos para mi rueda trasera, que empezaba a tener algún síntoma derivado de ese radio roto. El plan era intentar sustituir el radio en la primera tienda de bicis que encontrásemos en Valença do Minho, que era la siguiente gran población a la que llegaríamos, antes de que se descentrase mucho más.

Pusimos nuestro último sello de territorio portugués en la Capela Nosso Senhor do Bonfim, poco antes de entrar en Valença.

Valença do Minho

En el kilómetro diecisiete de nuestra ruta llegamos a Valença, última población antes de entrar en España. Aprovechamos para hacer algo de turismo y dar un paseo por sus tiendas, pues Valença tiene uno de los mayores centros comerciales abiertos de Europa, y patear uno de sus más famosos monumentos: la fortaleza.

Esta peculiar ciudad funcionó desde el siglo XIII como primera línea de defensa contra los ataques de Castilla. De hecho, su nombre original era “Contrasta” (la que queda enfrente), hasta que el rey Alfonso III de Portugal decide cambiar “Contrasta”  por “A valença” (la valiente). Debido a ester carácter defensivo encontramos sus dos plazas fuertes, repletas de baluartes de defensa y atalayas, unidas por un puente que salva un foso para delimitar el casco antiguo de la ciudad. Las vistas sobre el río Miño son, simplemente, dignas de postal.

Por cierto, algo que no todo el mundo sabe es que desde 2012 Valença y Tui forman una eurociudad (acuerdos entre municipios próximos, vinculados históricamente pero pertenecientes a distintos estados de la Unión Europea). Todo un símbolo de la cooperación y buena armonía que reina con el país vecino.

Poco después emprendimos la marcha de nuevo para cruzar el puente internacional Tui-Valença, en uno de los momentos más emotivos de nuestro viaje, pues justo en medio de este puente está pintada la frontera imaginaria que separa Valença de Tui, o lo que es lo mismo, España de Portugal.

Hola Tui. Hola España.

Os juro que según iba cruzando el puente iba pensando más en lo poco que iba a echar de menos los adoquines que en llegar a Redondela 😀

Una vez pusimos pie en tierra firme, lo primero fue hacerse unas fotos con la señal de España. Inmediatamente después localizamos una tienda de bicis para que echase un ojo a ese radio antes de que el estropicio fuese a más.

Sin desviarnos del camino encontramos Grip Bikes, que se prestó a reparar la rueda inmediatamente. La mala suerte es que mis ruedas son algo “singulares” y usan radios que son poco comunes, por lo que el chico no los tenía en la tienda. Sin embargo, eso no lo amedrentó y tiró de ingenio para conseguir apañar uno y cubrir el expediente hasta que llegásemos a Santiago. Todo un detalle, pues volvimos a la ruta con un problema menos. Da gusto encontrar en el Camino gente que entiende las necesidades de los peregrinos y colabora tanto. Tienda 100% recomendable para todo el que se pase por Tui, sobra decirlo.

Durante el tiempo que estuvimos en la tienda algunos aprovecharon para tomar el aperitivo, así que decidimos visitar el casco antiguo de Tui antes de comer. El primer sitio al que fuimos fue a la catedral de Santa María de Tui, una de las más conocidas de Galicia. Su construcción es románica, aunque sufrió varias reformas posteriores en estilo gótico. De hecho, su impresionante portada está considerada el primer conjunto escultórico gótico de la península ibérica.

Mientras poníamos los sellos en nuestras credenciales, Ramón aprovechó para hacer un chupado de cadena y empezar a recortar distancias con Jaime, que hasta el momento era el rey en lo que a salidas de cadena se refería. Como se nos echó el tiempo encima, decidimos buscar un buen sitio para comer. Y lo encontramos en el restaurante El Molino, en el que comimos un menú excepcional por un precio muy ajustado. Además, fueron muy amables y nos dejaron meter las bicis en la cafetería, aparcadas en un rincón. Si de algo pueden presumir los tudenses es de hospitalidad, visto lo visto.

Mientras comíamos descubrí en Internet una nota curiosa: Tui está hermanada con la ciudad de Frómista. Ahí lo dejo.

Una vez dimos buena cuenta de nuestros platos, tocaba visualizar Redondela. Estábamos en el kilómetro veinticuatro de la ruta, así que tocaba apretar los dientes y sufrir un poco con el calor que estaba haciendo ese día.

O Porriño

Nada más salir de Tui nos tocó circular unos cuantos kilómetros en paralelo a la autovía del Atlántico (AP-9). Los kilómetros pasaban rápido, algo que agradecimos, hasta que llegamos al polígono industrial de O Porriño, el más grande de Galicia.

En ese punto, gracias al trabajo e insistencia de la Asociación Galega de Amigos do Camiño de Santiago (AGACS) se ha creado desde hace pocos años una alternativa al camino original, que atravesaba el polígono industrial, para desviar a los peregrinos por el entono natural de As Gándaras y el nuevo paseo fluvial del río Louro. Los escasos seiscientos metros que salen de más valen muchísimo la pena, pues no tiene nada que ver atravesar una larguísima recta rodeados de naves industriales y peligroso tráfico de camiones con hacerlo por unos parajes de una belleza casi mágica.

Así, la nueva variante nos dejó directamente en el albergue municipal, tras haber dado buena cuenta de unos cuantos kilómetros a la sombra. Llevábamos cuarenta y tres kilómetros, así que aprovechamos para ver el centro de la ciudad, visitar la Capilla del Santísimo Cristo de la Agonía y hacer una parada para tomar unos refrescos a la sombra. Quedaban unos quince kilómetros para llegar a Redondela y una cuesta que superar, así que no tardamos mucho en ponernos manos a la obra.

La salida de O Porriño es un poco complicada, teniendo que cruzar varias carreteras con bastante tráfico. Es fácil despistarse con tanto paso de cebra, pero nosotros seguimos las indicaciones sin problema y unos minutos más tarde ya estábamos rodando por el camino das Lagoas, entrando en la localidad vecina de Mos y empezando a subir el último repecho del día. En el kilómetro cincuenta, más o menos, llegamos al pazo, situado al lado de la Iglesia de Santa Baia de Mos. Aquí es dónde la pendiente invita a bajarte de la bici, algo que no hicimos porque teníamos prisa por pisar Redondela. A escasos metros tuvimos un pequeño descenso, que sirvió para relajar las piernas antes del último arreón para coronar en el kilómetro cincuenta y tres. A nuestra izquierda quedaba el aeropuerto de Vigo, y esta cuesta nos recordó en cierta medida a la del año pasado en Lavacolla

Redondela La Nuit

Redondela La Nuit

Fin de etapa: Redondela

La bajada fue bastante divertida, aunque tuvimos que andar con ojo en un tramo de piedras que sacó lo mejor de nosotros. Los altos pinos hacían muy llevadero el calor de la tarde y de las cuestas anteriores, así que rápidamente enlazamos con el Camino Romano, que nos llevó serpenteando entre aldeas y furanchos hasta la carretera Porriño – Redondela, por la que circulamos los últimos kilómetros hasta entrar en Redondela buscando nuevamente una tienda de bicis, pero en esta ocasión para que revisaran el cambio de Jaime, que con tanta salida de cadena había empezado a fallar.

Una vez solucionado el problema del cambio nos dispusimos a localizar el apartamento que teníamos reservado (Albergue Turístico Alfonso XII), que nos costó algo más de la cuenta. Metimos las bicis a la cocina (teníamos permiso del dueño) y nos dimos una buena ducha. Nuestro apartamento era correcto, sin grandes lujos, pero superaba con mucho al de Rubiaes. Ramón y yo teníamos habitación propia con cama doble, mientras que Jose Pablo y Jaime compartían una habitación triple. Después de esa ducha, nos dispusimos a conocer la llamada “Villa de los Viaductos”, llamada así porque la marca característica de la villa son dos grandes viaductos ferroviarios construidos en el siglo XIX: el Viaducto de Madrid y el Viaducto de Pontevedra.

Para cenar confiamos en la recomendación que unas señoras “veteranas” le dieron a Ramón: Restaurante A Cova. Todo un acierto. Lo que pedimos estaba buenísimo, con mención especial para las torrijas, que repetimos en dos ocasiones…