Parece que esta vez nos hemos coordinado mejor para desayunar. El hecho de tener las dos habitaciones juntas ha servido para que todos salgamos a una a la cafetería de Casa Barbadelo para desayunar. La tercera etapa pintaba bien, pues ya habíamos superado el día anterior el temido O Cebreiro, pero no había que confiarse. Un auténtico rompepiernas nos esperaba hasta Melide.

Salida de Sarria (Barbadelo)

A las 8:50 ya estábamos dando pedales. El paisaje prometía, ya que nada más salir hacia Rente ya íbamos disfrutando de un bosque precioso, que hacía el camino bastante llevadero. Las aldeas típicas de Galicia se iban sucediendo una tras otra.

El camino iba alternando pistas de tierra con la carretera continuamente. Incluso en varias ocasiones tuvimos que cruzar arroyos por unos preciosos puentes de piedra improvisados, en los que tuvimos que echar pie a tierra.

Pasando la aldea de Brea, a unos 7,5 kilómetros de nuestro punto de partida, encontramos el muy fotografiado mojón indicativo del punto kilométrico 100. A partir de este momento comenzaba una pronunciada bajada de diez kilómetros hasta Portomarín.

Yo estaba deseando llegar, pues tenía que cambiar mis pastillas de freno delanteras. El día anterior quedaron muy tocadas en la bajada a Triacastela, lo que me obligó a tirar en exceso del freno trasero en esta bajada a Portomarín y cepillarme el disco trasero.

Portomarín

El Portomarín “original” se desarrolló al lado de un puente romano sobre el río Miño reconstruido en la Edad Media. Cuando se construyó el embalse de Belesar, en 1962, el pueblo se trasladó al Monte do Cristo, llevándose algunos de los edificios más importantes. Destaca especialmente la iglesia de San Nicolás, cuyas piedras fueron numeradas y ensambladas de nuevo en su actual emplazamiento una a una. En las temporadas en que baja el nivel del agua del embalse todavía son visibles los restos del antiguo Portomarín.

Portomarín

Portomarín

Nosotros paramos frente al puente nuevo a hacer unas cuantas fotos. Pelayo y Edu, que se habían adelantado como de costumbre, ya nos estaban esperando al otro lado del puente, en la famosa escalinata.

Ya en el pueblo tocó ponerse a buscar una tienda de bicis para meterle mano a mis frenos y al cambio de Félix, que venía dando guerra. La sorpresa fue que las cambiamos en PortoBike, un taller de coches que compartía negocio con una tienda de bicicletas (estas cosas que se ven tanto en Galicia). El mecánico me cambió los dos juegos de pastillas, pero no el disco de freno trasero porque no tenía, por lo que habría que tener especial cuidado hasta llegar a Melide. El cambio de Félix quedó perfecto usando el método tradicional de enderezar la patilla a ojímetro 😀

Aprovechamos la parada para tomar un buen bocadillo en la plaza, a los pies de la iglesia de San Nicolás, y sellar nuestras credenciales (aunque algunos ya llevábamos el sello del taller, je je je).

La salida en bici de Portomarín no fue muy agradable que se diga: trece kilómetros de subida hasta el alto del Hospital. Con un pequeño descanso al llegar a Gonzar, que separa una primera parte (con pendientes más llevaderas) de una segunda bastante más dura.

Nada más pasar Gonzar encontramos Castromaior, en el que se puede contemplar uno de los castros más importantes de Galicia, aunque nosotros no paramos. Bueno, realmente sí paramos, pero para hidratarnos en un bar de la zona. Y hay que decir que esa parada nos vino muy bien, pues la dueña del bar le comentó a David que debíamos tener cuidado con la bifurcación del Camino. Por lo visto, este tramo había sufrido cambios recientemente y coexistían la ruta nueva y la vieja. La dueña del bar nos recomendó usar la carretera, así que eso hicimos. El firme resultó estar en mejor estado para ir con las alforjas y de paso dejamos el camino libre para los caminantes. Poco más tarde habíamos coronado la subida en Hospital de la Cruz.

Ahora tocaba un rato de sube y baja hasta el siguiente punto destacado: Palas de Rei. Once kilómetros de disfrute por camino buscando a la “amiga de los zumos” de Ramón 🙂

Palas de Rei

Palas de Rei es famoso por su cultura castrense, ya que conserva numerosos restos de castros y dólmenes. El nombre del ayuntamiento se debe al palacio del rey visigodo Witiza, quien habría matado al Duque de Galicia y padre de Don Pelayo.

En Palas destaca la iglesia de Vilar de Donas, uno de los referentes principales del románico gallego. Sus murales forman uno de los conjuntos mejor conservados de Galicia, una pena no haber parado a disfrutarlo como se merece. La hora apremiaba y había que comer.

Recorrimos el camino que atravesaba Palas de Rei buscando un puesto de zumos naturales que atiende una conocida de Ramón. De hecho, la parada la llevábamos programada del día anterior. Desconocíamos la ubicación del puesto en cuestión, pero sí sabíamos que estaba en pleno Camino de Santiago. Por desgracia, a pesar de que íbamos atentos los seis, no encontramos el puesto. Dada la hora nos quedamos a comer en el hostal Ponterroxan, a las afueras. Aunque el restaurante no era para tirar cohetes, hay que decir que comimos bien y barato a pesar de la hora.

Subirse a la bici de nuevo fue un pequeño suplicio. La hora (como ya era habitual en nuestro caso) no acompañaba mucho, pero no quedaba otra. El culo también empezaba a ir tocado a estas alturas, pero ya sólo nos quedaban doce kilómetros hasta nuestro destino: Melide. Dejábamos atrás la provincia de Lugo para adentrarnos en A Coruña.

Melide

La última tanda la hicimos del tirón, algo deseosos de llegar al destino para descansar. La etapa estaba siendo bastante rompepiernas, así que todos llevábamos en mente lo bien que estuvo Casa Barbadelo la noche anterior…

Antes de llegar a Melide pasamos por Furelos, un pequeño pueblo a la entrada de Melide con un precioso puente medieval,una de las joyas de la arquitectura civil del Camino de Santiago. En la bajada hasta Furelos murieron las pastillas de freno de David, que llevaban un rato chirriando. Como Melide estaba aun paso, decidimos buscar una tienda para solucionarlo sin gastar el par de pastillas de recambio que llevaba.

Entramos a Melide sin mayor complicación. Nada más entrar nos dividimos en dos grupos: Ramón, David y yo iríamos buscando un taller de bicicletas, mientras que Félix, Jose Pablo y Helder irían localizando a Pelayo y Edu, que deberían estar en nuestro albergue.

Bicicletas Rua fue la elegida para cambiar las pastillas de David y, ya que estábamos, mi disco de freno trasero. Es una tienda de las de toda la vida, de esas que al entrar te encuentras todo destartalado, pero que transmite “saber hacer”. No tenía el disco de freno que me hubiese gustado, pero le montó un Shimano SM-RT54 de 160 mm que cubriría bien el expediente.

El alojamiento para esta noche no era como Casa Barbadelo, para nuestra desgracia. En esta ocasión nos alojábamos en el albergue Alfonso II el Casto. Tuvimos suerte de tener una sala de diez camas (cinco literas) para nosotros solos, aunque los baños eran compartidos. Las bicis las pudimos dejar en el parking, que estaba a nuestra total disposición.

Melide

Melide

Nada más llegar aprovechamos para ducharnos y tomar algo antes de salir rumbo a Casa Ezequiel, como es menester en Melide para comer el famoso pulpo a feira. En este “tiempo muerto”, antes de partir en busca del pulpo perdido, Jose Pablo aprovechó para confraternizar con una agradable señora de avanzada edad que estaba haciendo el camino recogiéndole la ropa que tenía tendida (ropa interior incluida). Esto, sobra decirlo, fue motivo más que justificado para que el resto del grupo iniciase el cachondeo…

Casa Ezequiel cumplió sobradamente con las expectativas. El pulpo, muy bueno. El pincho moruno que me pedí yo, espectacular El vino blanco animó la conversación y los postres estuvieron a la altura. Después de la cena, unos cuantos se fueron al albergue, mientras que otros fuimos a tomar algo a La Fundación, una especie de sala de conciertos / bolera / billares en la que un grupo daba un concierto. Una vez dentro, nos quisieron cobrar 6€ por la entrada, algo que nos pareció un poco excesivo. Nos salimos a la barra y nos tomamos unos Gin Tonics tranquilamente, sin la ambientación del grupo, no sin que antes una camarera le espetase a David una frase lapidaria:

El arte se paga

Pues nada, vaya aquí mi granito de arena para lanzar al grupo a la fama enlazando a su web: Samarúas. Por cierto: sonaban bien. De verdad.

Al volver al albergue (teníamos un pase “per nocta“) con el máximo sigilo nos encontramos una sorpresa. Y es que en la litera de Jose Pablo había un bulto extraño, como si alguien estuviese durmiendo en su cama… Contuvimos las risas como pudimos, ya que todos teníamos en mente a la señora que “se ligó” Jose Pablo por la tarde. Ramón tuvo que utilizar la almohada como sordina, mientras los demás hacíamos lo que podíamos para no despertar a los tres compañeros (y al resto del albergue) que estaban durmiendo.

Una despedida digna de una etapa como la que habíamos dejado atrás. Ya sólo nos quedaba un día para alcanzar la gloria. Pero eso vendrá en otro post…

Si queréis ver todas las fotos de nuestro reto 2017 de El Camino de Santiago, podéis hacerlo en el correspondiente álbum de Facebook.

Etapa 1 de nuestro camino de Santiago: Ponferrada – Herrerías

Etapa 2 de nuestro camino de Santiago: Herrerías – Sarria (Barbadelo)

Camino de Santiago, etapa 4: Melide – Santiago de Compostela