Miércoles por la mañana. El día de la segunda etapa. La más dura sobre el papel, ya que tiene una última pendiente que trae a nuestra memoria la subida a O Cebreiro del año pasado, salvando las distancias. Dejábamos atrás Barcelos para llegar hasta Rubiaes.

La noche en el Kuareta&Um había sido verdaderamente reconfortante. Tocaba hacer las alforjas de nuevo, la mochila en el caso de Ramón, y salir a la caza de un buen desayuno. Tuvimos suerte y pudimos desayunar en el Art’otel un estupendo buffet. Con las pilas cargadas ya no quedaba sino batirse (la frase del Camino).

Salida de Barcelos

El Camino pasaba justo por nuestra puerta, así que fue fácil reengancharse al recorrido. La salida del pueblo parecía un poco improvisada al llegar a la carretera de circunvalación, pues nos metió por un sendero muy mal adaptado y lleno de vegetación que bordeaba la carretera hasta el primer puente. La parte buena es que ya estábamos rodando por campos verdes.

El primer tramo era una ligera ascensión de poco más de cuatro kilómetros que nos sacaba de Barcelos dando un pequeño rodeo, que tuvo su explicación cuando en su punto más alto llegamos a la iglesia de Abade de Neiva. Y es que estábamos ante una imponente iglesia del siglo XII, uno de los más interesante exponente del estilo románico del norte de Portugal.

Después de unas cuantas fotos y unas cuantas risas (mi foto tumbado en la mesa del jardín me perseguirá toda la vida), volvimos a las monturas. Tocaba bajar lo poco que habíamos subido desde Barcelos, algo que hicimos rápidamente, hasta llegar a Ribeira. Allí empezaba la segunda subida de la jornada, algo más acusada y con alguna que otra rampa con bastantes grados de desnivel.

El asfalto se convirtió en nuestro amigo esta vez, pues agradecimos que los rampones que nos fuimos encontrando no tuviesen esos adoquines que nos estaban acompañando desde el inicio de nuestro periplo portugués.

En el kilómetro doce conseguimos coronar. Allí, en el municipio de Portela, está la
Parroquia de Tamel San Pedro Fins. Como estaba cerrada (para variar), decidimos hacer el primer parón del día para poner el sello en el restaurante 2000.

Abandonando el distrito de Braga

La vuelta al sillín no fue de lo más reconfortante, pero tocaba un pequeño tramo de bajada. A mitad de bajada pasamos tras la iglesia de Nossa Senhora de Fátima, también cerrada.

Según íbamos bajando hacia Ponte nos íbamos acercando al distrito de Viana do Castelo y abandonando Barcelos. El recorrido estaba siendo precioso, atravesando grandes extensiones de campos verdes, aunque sin dejar el ya famoso empedrado portugués. Quizás para los peregrinos a pie el empedrado sea algo bueno, ya que evita que el terreno se embarre y quede impracticable, pero dudo mucho que sus pies no lo sufran tanto o más que nuestro culo…

Ponte das Tabuas. Camino de Santiago, etapa Barcelos - Rubiaes.

Ponte das Tabuas. Camino de Santiago, etapa Barcelos – Rubiaes.

Justo a la salida de Ponte encontramos una pequeña represa en el río Neiva, tras cruzar sobre el bonito ponte das tábuas. Ya en 1135 se tenía constancia de este puente, considerado una de las siete maravillas de Barcelos. Por el nombre seguramente se trataba de una construcción de madera. El puente actual data de mediados del siglo XVI. Como de costumbre, a mi me faltó tiempo para echar el pie a tierra y refrescarme en el río, aunque nadie me siguió esta vez. Unos “gallinas” de Barcelos.

Llegados a este punto, voy a dejar una “nota al margen”: justo en el ponte das tábuas nos pasó una pareja de “peregrinos” en bici eléctrica. Uno de ellos se fue de bruces al suelo al cruzar el maltrecho empedrado del puente, aunque eso es lo de menos. Lo que me llamó la atención, y no precisamente para bien, es la cantidad de gente que alquila estas monturas eléctricas y se lanzan a la “aventura” sin equipaje alguno y con una nula preparación. ¡Si hasta una chica llevaba sandalias para pedalear!. Creo sinceramente que esto le quita todo el encanto a lo que significa el peregrinaje hasta Santiago, dejando la vertiente religiosa, cultural y/o deportiva reducida a un mero paseo en el que el “peregrino” sólo se tiene que preocupar de mover una bici eléctrica hasta el siguiente hotel. Muy mal.

Volvamos a nuestra etapa: tras una tendida subida llegamos hasta el pueblo de Balugaes, el último antes de entrar en el distrito de Viana do Castelo. Aquí notamos que el recorrido “oficial” del Camino de Santiago nos desvió ligeramente para pasar ante la iglesia del pueblo, Sao Martinho de Balugaes, que no pudimos ver por dentro como ya es tradición en Portugal por estar cerrada al público. Barcelos ya era una muesca en el revólver.

Viana do Castelo

Cambado fue el primer pueblo que nos encontramos en Viana do Castelo, allá por el kilómetro veinte de nuestra ruta. De momento íbamos frescos como lechugas, pues el día no estaba siendo muy caluroso y estábamos rodando acompañados de buenas sombras durante buena parte del trayecto.

Como quién no quería la cosa íbamos subiendo lentamente hasta la tercera cima de la jornada, atravesando campos de cultivo y algún que otro campo de vides. Los pueblos ahora estaban un poco más espaciados entre sí, por lo que avanzábamos un poco más rápidamente.

Poco antes de coronar la tercera cima del día nos encontramos con la iglesia de Vitorino dos Piães, un pequeño templo del que no se tienen noticias exactas sobre el año de su construcción, pero se cree que existía ya en el siglo XII y que un posterior incendio causó su reconstrucción total. Lo más destacado del templo es su campanario, que se puede contemplar a mucha distancia debido a su gran altura.

El hambre llevaba apretando hace unos kilómetros, así que decidimos parar en el café restaurante Viana, muy cerca de la iglesia. Estuvimos dudando si entrar o no, pues la pinta no era muy buena que se diga desde el exterior, todo lleno de “parroquianos” un poco cargados en la terraza y con una lista de platos italianos precocinados un poco escasa. Al final decidimos quedarnos, dada la hora, y tengo que decir que fue resultó ser un acierto porque no hubiésemos encontrado nada más en el camino hasta dentro de unos cuantos kilómetros.

El rato que estuvimos comiendo fue algo surrealista, pues a unos cuantos peregrinos que estaban en una espacie de zona ChillOut se sumaba uno de los parroquianos “entonados” poniendo canciones clásicas en su móvil mientras nosotros devorábamos nuestros platos de pasta. Todo muy propio del Camino, sí señor 😀

El postre fue un kilómetro de subida, que era lo que faltaba para llegar a lo más alto de ese tercer pico del día. A partir de ahí, unos doce kilómetros de bajada y llaneo hasta el siguiente repecho.

Antes de empezar a subir ese repecho llegamos al río Limia, en el kilómetro treinta y cuatro y medio de la ruta. Habíamos llegado a Ponte de Lima por un precioso corredor junto al río a la sombra de unos frondosos plátanos.

Ponte de Lima

Ponte de Lima es un precioso pueblo de postal ubicado junto al río que se encuentra rodeado de un valle. Su monumento más destacado es su puente medieval de 380 metros longitud, considerado por muchos como el puente más bello de Portugal. En la actualidad conserva un pequeño tramo del puente original con cinco arcos romanos, siendo el resto del puente del siglo XIV.

Al otro lado del puente pudimos disfrutar de  la Iglesia de Santo António da Torre Velha, de estilo tardobarroco. Nos llamó la atención que desde la torre de la iglesia (que algunos vimos demasiado inclinada, por cierto) sonaba música clásica portuguesa que se escuchaba en toda la ciudad.

Ponte de Lima, Camino de Santiago. Etapa Barcelos - Rubiaes.

Ponte de Lima, Camino de Santiago, etapa Barcelos – Rubiaes

Como el entorno lo merecía, paramos a echar unas cuantas fotos y a descansar un rato mientras disfrutábamos del entorno. Sellamos en el albergue de peregrinos, cerca de la iglesia, y continuamos nuestro camino.

Todo iba como la seda, rodando sobre nuestros adoquines portugueses hasta que llegamos a lo que resultó ser el mayor error que cometimos en la ruta. Cuando llevábamos recorridos unos treinta y nueve  kilómetros y medio, en el pueblo de Arcozelo, me despistó la señalización del Camino de Santiago y tomé el desvío equivocado.

En Portugal no abundan las flechas amarillas. No podemos decir que el recorrido esté mal indicado, pero es cierto que el número de indicaciones está muy lejos del que tiene el Camino Francés. En esta ocasión, al llegar a una bifurcación me confundió una flecha amarilla pintada a mano y que nos sacaba de la ruta para llevarnos hasta el café Veiga. Es cierto que con un poco más de atención podía haber evitado desviarme, pero la bifurcación se encontraba justo al final de una bajada rapidísima y la flecha estaba pintada en amarillo con una clara intención de despistar. Mal por los señores del café Veiga, muy mal.

El resultado de este despiste fue sumar tres kilómetros extras al día, con un par de rampas largas con inclinaciones del 15%. Y el tiempo que perdimos, claro, ya que tuvimos que parar a buscar las flechas y a preguntar hasta que decidimos dar la vuelta y deshacer lo andado. El caso es que ahí, en el kilómetro treinta y nueve y medio, empezó nuestro infierno del día. y nosotros no sabíamos lo que se nos venía encima…

La última ascensión

En el kilómetro cuarenta y dos y medio volvimos a enlazar con el recorrido original. La pendiente era ligeramente ascendente, pero la llevábamos bien. El primer punto “complicado” apareció a la altura de la autopista A3 (IP1), al pasarla por debajo. Un estrecho puente con cancelas sirvió de ayuda para cruzar el río, pero inmediatamente después nos encontramos con una cuesta tremenda que obligó a muchos a echar pie a tierra para subirla. Estábamos en el comienzo de la ascensión más dura de todo el Camino.

La recompensa por haber superado ese tremendo repecho fue rodar un tramo por un bonito bosque a la orilla del río. Las vistas eran preciosas y todo iba como la seda hasta que nos dimos cuenta de que mi llanta trasera iba tocando suelo. Todo parecía indicar que estábamos ante un buen pinchazo, pues el antipinchazos no había sido suficiente para evitar tanta pérdida de aire. Aún así, decidimos parar e hinchar de nuevo la cámara y, para sorpresa de todos, aguantó perfectamente hasta el final de la etapa (y del Camino). Uno de esos misterios sin resolver.

Tras seguir un tramo por la M522, paramos a la altura de una pequeña capilla que había a las afueras del pueblo de Labruja, frente a una clásica tienda de ultramarinos que me recordaba a la que regentaban mis tíos en una aldea de Sarria. Aprovechamos para hablar con el albergue Constantino y avisar de que llegaríamos tarde, pues ya eran las seis y media y todavía nos quedaba un último repecho antes de Rubiaes. Lo que no sabíamos era que ese repecho iba a estar a punto de acabar con nosotros…

Una vez dimos cuentas de unas cervezas, seguimos la intensa subida hasta Labruja, donde pudimos disfrutar del último llaneo antes de llegar al kilómetro cincuenta, momento en el que empezaba la famosa “cuesta de Labruja“. Aquí fue donde nuestra falta de planificación, unida a una descuidada señalización del camino, nos hizo pasar un tremendo calvario de más de dos kilómetros hasta la cima por terrenos no practicables. Tuvimos que subir la bici a hombros en muchos tramos para poder pasar por trialeras en las que costaba trabajo hasta pasar andando, algo que se hubiese podido solucionar indicando una alternativa para las bicis, como se hace en el Camino Francés.

Porteando en la cuesta de Labruja. Camino de Santiago, etapa Barcelos - Rubiaes.

Porteando en la cuesta de Labruja. Camino de Santiago, etapa Barcelos – Rubiaes.

A mitad de la subida, extenuados por el hecho de haber tenido que portear las monturas y las alforjas (a veces incluso tuvimos que desmontarlas y dejarlas atrás para volver a por ellas una vez subida la bici) nos planteamos arriesgarnos y tirar por un camino amplio que atravesamos, pero dada la hora que era y que desconocíamos el recorrido decidimos continuar por el recorrido señalizado.

Un buen rato después llegamos a la cima maldiciendo. Aunque ya sólo quedaba “dejarse caer” hasta Rubiaes, el recorrido era demasiado técnico para bajar con alforjas y nos tomó algo más de tiempo de lo esperado.

Cuando llegamos a Rubiaes no tardamos mucho en encontrar el albergue Constantino. Aunque nos alegramos mucho por haber dejado atrás el tremendo final de etapa, todavía no habíamos acabado. Nos esperaba la sorpresa final.

El albergue Constantino

Cuando hablamos con la dueña del albergue, en las afueras de Labruja, nos indicó llamar a un número de teléfono para que se acercasen a abrirnos el albergue. A nuestra llegada la finca estaba abierta, por lo que pasamos y nos sentamos a esperar que viniesen a abrirnos para poder ir a cenar lo antes posible (en Portugal comen  y cenan pronto comparado con España), pero eso nunca pasó. Llamamos y llamamos al móvil sin obtener respuesta. Ramón mató el tiempo cogiendo cerezas de los árboles de la finca, pero tuvimos que tomar la decisión de salir a buscar un sitio para cenar antes de que cerrase todo.

El sitio más cercano no podía darnos de cenar, así que tuvimos que coger las bicis y rodar un poco (maldiciendo tanto o más como hicimos en la cima de Labruja) hasta el hotel-restaurante que nos salvó la vida: Bom Retiro en Rubiaes. allí cenamos unos contundentes platos combinados que nos apaciguaron física y mentalmente 😀

Más calmados, conseguimos encontrar en Internet un teléfono alternativo para los del albergue Constantino, que salieron hacia allá para recibirnos. Nosotros tuvimos que desandar lo andado rápidamente, pues ya había oscurecido bastante y no llevábamos luces. Encima, para más cachondeo, la subida tenía miga.

Cuando llegamos al Constantino nos encontramos con una cosa buena y otra mala. La buena era que estábamos nosotros solos y teníamos todo el albergue a nuestra disposición. La mala era que el albergue no era especialmente acogedor. Y menos si lo comparábamos con el alojamiento de la noche anterior en Barcelos.

Como me imaginaba, me tocó desmontar la estructura metálica de la cama y tirar el colchón al suelo, ya que no cabía y no podía sacar los pies por abajo porque me molestaba la barra metálica.

La calefacción tampoco estaba encendida, así que la noche fue algo fresca. Ni siquiera el hecho de dormir todos en la misma habitación ayudó a calentar un pocoo el ambiente. Por lo menos el baño estaba limpio (aunque viejo a más no poder) y pudimos ducharnos todos.

Rubiaes no ofrecía muchas opciones para alojarnos. Y supongo que el albergue Constantino resultó ser mucho peor que el albergue municipal, que estaba completo cuando hicimos la reserva. Es cierto que no tuvimos elección a la hora de escoger este alojamiento, que por desgracia ha quedado grabado en mi memoria como el peor recuerdo de este Camino de Santiago Portugués. La cuesta de Labruja se merecía un mejor final, pero lo bueno es que el viaje continuaba al día siguiente.

Podéis disfrutar de todas las fotos de esta etapa Barcelos – Rubiaes en el álbum de facebook.