El toque de queda no le sentó bien a más de uno. A pesar de que el hotel que teníamos en Langa de Duero era espectacular, la verbena hasta las cinco de la madrugada pasó factura. Por delante nos esperaba una jornada de más de 60 kilómetros hasta El Burgo de Osma, casi nada…

Desayunando

Con motivo de las fiestas de Langa, el hotel no tendría recepción antes de las 10:00 de la mañana. Menos mal que el dueño nos avisó con tiempo y nos dejó guardar las bicis en recepción durante la noche, lo que fue todo un detalle.

Poco a poco fuimos bajando a recepción y sacando las bicis a la calle para abandonar el hotel. Las opciones para desayunar en el pueblo no eran muchas, así que decidimos ir al bar donde fuimos a parar el día anterior a nuestra llegada: El Carrascal. Casualmente, el dueño era el mismo que el del hotel, así que podíamos zanjar todas nuestras cuentas con él del tirón.

Aunque tuvimos que esperar hasta las 10:00 para que abriesen, mereció la pena. El desayuno fue abundante y contundente, a base de pan con tomate y mermeladas. Coincidimos con una pareja de ciclistas que conocimos la noche anterior cenando en este mismo lugar, que iban haciendo una ruta turística con bicis eléctricas. La camaradería que se observa entre ciclistas en estas aventuras es digna de mención…

Cuando acabamos de desayunar ya eran cerca de las once de la mañana. El sol prometía apretar de lo lindo, así que nos esperaba una dura jornada atravesando los campos castellanos. La idea era comer en San Esteban de Gormaz si ningún imprevisto lo impedía.

Nuestra ruta no transcurría paralela al río Duero, sino que se desviaba hacia Castillejo de Robledo, trazando una pequeña curva. Nosotros salimos de Langa de Duero por la calle Real, para desviarnos a la derecha inmediatamente y cruzar el río por su maravilloso puente medieval, el único que cruza el Duero entre San Esteban de Gormaz y la localidad burgalesa de La Vid.

Como el día anterior, las subidas más duras del día estaban localizadas al comienzo y eran por asfalto. Si mal no recuerdo decidimos recorrer este tramo inicial siguiendo la ruta cicloturista para evitar caminos de tierra, dada la hora del día. Tras cinco kilómetros de cómoda subida por carretera empezamos a bajar hacia Castillejo, en el kilómetro 11,5 de la ruta.

La afrenta de Corpes

Castillejo de Robledo es un pueblo pequeño, que debe su nombre a los restos del castillo templario que allí se encuentra. Es un punto de visita obligada, pues es allí dónde se ubica la Afrenta de Corpes, en la que los infantes de Carrión vejaron a las hijas del Cid, abandonándolas a su suerte muy malheridas.

Félez Muñoz, sobrino del Cid, las encontró y las llevó hasta Valencia, donde el Cid preparó su venganza. Tras hablar con el rey Alfonso VI, éste convocó unas cortes en Toledo, en las que el Cid reclamó las espadas que había dado a los infantes (las famosas Tizona y Colada). Una vez conseguida la restitución material, el Cid pidió la de su honor: un duelo a muerte entre su gente y la de los infantes. Sobra decir que el bando del Cid fue el ganador y que, una vez consumada la venganza, las hijas fueron casadas de nuevo, esta vez con los infantes de Navarra y Aragón.

Nosotros decidimos continuar con nuestra ruta. Tras reagruparnos a la vera de la Iglesia de la Asunción, emprendimos la marcha de nuevo. Esta vez tocaba afrontar el segundo repecho del día por pistas de tierra hasta llegar a Valdanzo, en el kilómetro 21 de la ruta.

Nosotros seguimos adelante sin más dilación, llegando a Miño de San Esteban por carretera en un santiamén. Allí hicimos una pequeña parada para reagruparnos de nuevo y, tras unas cuantas fotos (no encontramos el bar del pueblo) nos pusimos a pedalear de nuevo.

Una pista de tierra nos llevaría de nuevo a la ribera del Duero, atravesando bonitos campos de cereal. Ya habíamos dejado atrás los tres «picos» más importantes del día y rodábamos con ritmo alegre hasta San Esteban de Gormaz, en el kilómetro 43 de la ruta. En Aldea de San Esteban, el pueblo anterior, un lugareño nos recomendó comer en el restaurante de «El Bomba«, así que Javi se apresuró a llamar para que nos tuviesen la mesa preparada. La cosa pintaba bien…

San Esteban de Gormaz

Lo primero que vemos al acercarnos a San Esteban de Gormaz por su puente medieval es su castillo de origen árabe (siglo X) sobre un alto cerro. Su importancia fue vital para defender el puente (se cree que de origen romano) sobre el río Duero en esta zona fronteriza por aquél entonces.

Nosotros no perdimos mucho tiempo disfrutando de las vistas, pues ya llevábamos un hambre de mil demonios, así que nos dirigimos al restaurante del Bomba sin mayor dilación.

El Bomba

Debo decir que, para mí, El Bomba fue una de las gratas sorpresas del Camino del Cid. Gerardo, el gerente, se portó de maravilla con nosotros desde el primer momento. Nos abrió las puertas de su garaje para guardar las bicis a la sombra y nos aconsejó a la hora de pedir a las mil maravillas. Incluso tuvo el detallazo de obsequiarnos con una botella de vino de la casa que resultó estar bastante bueno. Estuvo departiendo con nosotros un buen rato, ya que él era ciclista empedernido (presumió de una Orbea Alma recién comprada, je je je) y nos dijo que de buena gana nos acompañaría un tramo. También nos hizo alguna recomendación para el tramo que nos quedaba hasta El Burgo de Osma. Un trato excelente que siempre se agradece.

Después de comer cruzamos a la oficina de turismo para sellar nuestro salvoconducto y pasamos a visitar la iglesia de San Esteban Protomártir (primer mártir de la iglesia católica), de estilo gótico salvo el campanario, cuya parte superior fue traído de la antigua parroquia del pueblo.

San Esteban de Gormaz

Al volver a las bicis, cuando no habíamos avanzado ni 50 metros, nos pasó una cosa curiosa. Nos encontramos con una furgoneta de Ferrebike «Mio Cid», una ferretería y tienda de bicis local que forma parte del consorcio del Camino del Mio Cid, que insistió en hacerse unas fotos con nosotros para enviárselas. Nosotros, encantados. No tardamos mucho en circular de nuevo.

Seguimos el camino paralelo al río, haciendo caso de los consejos de Gerardo, y resultó ser un acierto por lo bonito del paisaje y por la sombra de la que disfrutábamos. Nos desviamos de la vega del Duero al llegar al pequeño pueblo de Pedraja de San Esteban, en el que volvimos a nuestras pistas de tierra para no abandonarlas hasta El Burgo de Osma.

El Burgo de Osma

Así, en el kilómetro 59 llegamos a la presa de la Güera, a la entrada de El Burgo de Osma sobre el río Ucero, de la que nos llamó la atención la estructura construida para permitir que los peces remonten el río.

Rodamos los últimos metros por una pista que transcurría paralela al río, dejando los restos del majestuoso castillo de Burgo de Osma a mano derecha. Pegada a esta pista encontramos la «Torre del Agua«, en la que se recogía agua del río para el castillo.

En una gasolinera le dimos un manguerazo a las bicis y enseguida nos pusimos a buscar nuestro hotel. La nota curiosa fue cuando nos paramos delante del hotel más lujoso de Burgo de Osma, pensando que era ése nuestro alojamiento, y nos llevamos una decepción cuando Jorge confirmó que había que seguir buscando. Los de los Ferraris y Bentleys aparcados en la puerta no se podían creer que nos fuésemos a alojar junto a ellos con las pintas que llevábamos…

No tardamos en encontrar nuestro hotel, el Hotel Spa Río Uccero, situado a las afueras de Burgo de Osma, pero muy cerca de los sitios de interés. Nos sorprendió muy gratamente que el hotel fuese «bikefriendly«, ya que tenía un montón de servicios para las bicis: herramientas, lavadero, ganchos para colgar las bicis, etc…

Decidimos asearnos y planificar dónde cenar, para lo cual llamamos a Vicente, mi antiguo jefe y todavía compañero de Jorge, para que nos recomendase. Él es buen conocedor de la zona, así que nos recomendó ir a la plaza y entrar en El Capitol, que resultó ser todo un acierto.

aunque Jose Pablo se rajó a la hora de cenar, el resto dejamos el pabellón bien alto. Sobre todo con los postres, ya que Javi probó el gulán (nombre que le da al típico coulant, je je je) y Jorge compartió con Alfredo un «enrrejado«, dada la titánica tarea de abordar semajante postre uno sólo (es ironía, pero vaya cachondeo tuvimos con la camarera, ja ja ja).

La catedral de Burgo de Osma

Después de cenar, todavía nos quedó tiempo para disfrutar de Burgo de Osma por la noche y ver la maravillosa catedral iluminada. La catedral es sin dudas el edificio que más contribuyó al desarrollo de Burgo de Osma. Fue edificada originariamente en estilo románico, utilizando las construcciones existentes. Todo el asentamiento de trabajadores necesarios para levantar el edificio hizo que al poco tiempo esta población obtuviera entidad jurídica propia.

La catedral se quedó pequeña y estéticamente anticuada rápidamente. Los nuevos estilos constructivos conquistaban España, así que el obispo Juan Domínguez decidió demoler la catedral románica y construir la catedral gótica que podemos contemplar hoy en día en la década de 1330.

Llegamos andando hasta nuestro hotel, justo después de dar cuenta de un Maxibon. Tocaba descansar para la quinta etapa, algo en lo que Jose Pablo ya nos llevaba ventaja.

Podéis ver el detalle de la etapa en mi página de Polar Flow y las fotos en su álbum de Facebook.