Toque de queda en Santo Domingo de Silos a eso de las ocho de la mañana. Poco a poco fuimos bajando hasta la cafetería del hotel, punto de encuentro para planificar la jornada con final en Langa de Duero.

Puesta a punto en Santo Domingo de Silos

Decidimos desayunar allí, a pesar de la apariencia un tanto desangelada del lugar, así que montamos una mesa y pedimos los desayunos. La verdad es que no me sorprendió mucho que el pan que nos puso el hombre del hotel fuesen restos de baguette: con la sensación de «hotel fantasma» que transmitía, como para pedir que hubiese surtido de productos frescos…

Después del desayuno tocó zafarrancho con las bicis. Chema aprovechó para revisar los frenos, que desde el día anterior le iban rozando y hacían que la bici fuese ligeramente (bastante) frenada. Como el jodío está más fuerte que el vinagre, nada le para. Un cambio de pastillas y un purgado de emergencia parecieron ser una solución suficiente para comenzar la ruta.

Salimos de Silos por un camino de tierra, que poco más adelante nos dejaría en la BU910, encarando los primeros (y más duros) desniveles de la jornada. Lo bueno del asfalto es que los desniveles se hacen mucho más llevaderos, y más si las carreteras tienen tan poco tráfico como estas.

El desfiladero de La Yecla

Enseguida llegamos a los túneles del desfiladero de La Yecla, una profunda y estrecha garganta creada por la erosión que el arroyo El Cauce ha ocasionado a su paso durante millones de años sobre la roca caliza. En los abruptos picos de las Peñas de Cervera anidan unas cuantas parejas de buitres leonados, que pudimos ver desde la carretera, amenazando al más rezagado que subiese los repechos de nuestra ruta. Alguno apretó el culo.

Poco después de salir de los túneles giramos a la izquierda (casi nos pasamos la señalización del camino), para continuar nuestro ascenso por carretera rumbo a Peñacoba, pueblo que marca el final del primer repecho y que cruzamos sin muchas contemplaciones.

Un pequeño descenso nos lleva hasta Mamolar, donde enfilamos una carretera que nos llevará al punto más alto de la ruta, 1164 metros. La ruta estaba siendo muy llevadera, gracias a todos los kilómetros que estábamos rodando por asfalto. El único inconveniente que podría torcer un poco la jornada era el tiempo, pues el día amaneció nublado y amenazaba tormenta.

Toca bajar

Las primeras bajadas «serias» del día nos hicieron disfrutar de lo lindo de las leyes de la física: eso de bajar a toda velocidad con el aplomo que dan las alforjas mola mucho. Enseguida llegamos al kilómetro 17 de la ruta, donde abandonamos la tan divertida carretera para dar paso a unos senderos muy prometedores. Aprovechamos la ocasión para inmortalizarnos como caballeros en el pequeño castillo medieval que dominaba el parque infantil del área de descanso,espadas en mano y todo.

El camino transcurría por un sendero muy pedregoso, atravesando un frondoso pinar y poco marcado en sus primeros metros, lo que nos obligó a aplicarnos más de lo normal para evitar incidentes. Dos kilómetros más tarde ya nos incorporamos a una pista de arena, donde sólo un gran rebaño de ovejas nos hizo bajar un poco el buen ritmo que llevábamos.

La verdad es que este tramo por el pinar resultó ser de los más bonitos de la etapa y de todo el Camino del Cid. Unas trialeras bastante técnicas pusieron la nota picante poco antes de reincorporarnos a la carretera, ya por el kilómetro 22,5 de nuestra ruta.

Aprovisionamiento en Huerta del Rey

Fuimos acumulando kilómetros de descenso hasta Huerta del Rey, donde aprovechamos para hacer acopio de provisiones para la comida. Y es que el día anterior nos dimos cuenta durante la cena de que íbamos a atravesar una zona bastante despoblada, así que decidimos comprar algo de embutido y pan para dar buena cuenta de todo más adelante.

Abandonamos el pueblo por la carretera principal para seguir por carreteras secundarias y pistas de tierra hasta Quintanarraya, el pueblo que marcaba el final del descenso y el comienzo de una serie de «subibajas» rompepiernas que nos acercarían hasta Langa de Duero.

«La afrenta de Quintanarraya»

Fue en aquí donde nos sucedió una de las anécdotas del día. Y es que, tras 32 kilómetros de pedales y un calor de mil demonios (las nubes habían dado paso a un sol cegador), decidimos parar a tomar algo en el bar del pueblo. Lo curioso es que, una vez dentro los ocho tíos vestidos de torero, se negaron a atendernos porque «no abrían hasta dentro de un rato«. Ni un refresco para tomarnos en la plaza, como les pidió Jorge. Nada. Hasta que abriesen. Curiosa anécdota que resume la sensación que tenía desde que salimos de Burgos: al Camino del Cid todavía le falta un hervor.

Así, despechados, reemprendimos la marcha por pistas hasta Hinojar del Rey, donde comenzaba nuestro segundo pico del día. El calor y el cansancio empezaban a hacer mella, pero enseguida llegamos a Alcubilla de Avellaneda.

Alcubilla de Avellaneda y su teleclub

Fue aquí donde tuvimos la experiencia contraria a la de Quintanarraya: en el teleclub (me encantan los teleclubs) del pueblo se mostraron muy agradables y, aparte de servirnos cervezas como Dios manda, nos dieron indicaciones para que comiésemos tranquilamente a la sombra. Curiosos los contrastes en las gentes de Castilla…

Comiendo en Alcubilla de Avellaneda
Comiendo en Alcubilla de Avellaneda

Como nos indicaron, paramos a comer en una mesa junto a la fuente del pueblo, con una muy buena sombra que nos cobijaba de la fuerza del sol. Alguno intentó aprovechar para echar una cabezada, pero no le dio tiempo porque decidimos volver sobre nuestros pasos hasta el teleclub y aligerar las cámaras de helados y Frangelicos isotónicos

Once kilómetros infernales

Costó reemprender la marcha, pero volvimos a las monturas después de poner el sello pertinente (y llevarnos la chapa de recuerdo). Once kilómetros nos separaban de nuestro destino: Langa de Duero.

Así, a simple vista, parecía un mero trámite. Pero los cuatro repechos que quedaban se antojaron bastante más complicados de lo esperado. Salvo la llegada al pueblo de Alcozar (pueblo famoso por la derrota de Almanzor en el año 955 a manos de García Fernández), que la hicimos por un camino de tierra recién apisonado y amplio como una autopista, el resto discurrió por caminos de tierra con firme bastante suelto y, lo que es peor, con tramos de grava negra. La grava es ideal para los coches, pero a nosotros nos hacía clavarnos al suelo y multiplicaba por cuatro el esfuerzo necesario para avanzar.

Chema nos deleitó con un par de bajadas kamikazes en la grava, con alguna que otra cruzada de rueda trasera que yo viví en primera persona, hasta que llegamos al cruce con la N-122, que daba acceso a Langa de Duero.

Langa de Duero

La entrada al pueblo estaba gobernada por una torre conocida popularmente como «el Cubo«, una fortificación de piedra de sillería del siglo XIV, muy probablemente destinada a defender el maravilloso puente de doce ojos que hay sobre el río Duero. Como dato curioso, decir que en esta torre estuvo prisionero el duque de Medinasidonia por orden del rey Juan II.

Langa de Duero es un emplazamiento muy importante dentro del Camino del Cid, pues fue una de las plazas que Alfonso VI entregó en propiedad a Rodrigo Díaz de Vivar allá por el 1086 para que este volviese y le ayudase a combatir las fuerzas musulmanas.

Dio la casualidad que nuestra estancia en Langa de Duero coincidió con la celebración del Corpus Christi, fiesta patronal en el pueblo. Nuestro hotel (hotel Ribera del Langa) estaba a 20 metros escasos del trailer – escenario, así que no nos quedó más remedio que unirnos a la fiesta y disfrutar de unas magistrales clases de baile de Javi, que estaba lanzado después de las super jarras de cerveza que se bebió cuando terminamos la etapa.

Orquesta hasta las 5:00 de la mañana. A ver quién era el guapo que sacaba las bicis a las 8:00 al día siguiente…

Como de costumbre, podéis ver el track de la ruta en mi Polar Flow. Las fotos del día, en el álbum de Facebook.