Después de una más que relajada primera etapa, llegaba el momento de batirse el cobre con la que bautizamos como «etapa reina» de nuestro viaje. El hecho de que llegase al principio de la ruta, cuando todavía íbamos bien de fuerzas y de ánimos, fue una suerte. Ante nosotros teníamos una jornada con 66 kilómetros y unos 1200 metros de desnivel, que con la carga que llevábamos algunos en las alforjas (y con esto no quiero decir que Javi llevase media casa a cuestas, no) no era moco de pavo.

Ensillando las monturas en Burgos

El primer toque de queda fue a las 8:30 para desayunar. Enfrente de nuestro hostel estaba la cafetería Salamanca, un sitio grande en el que nos podíamos juntar todos para planificar la ruta. Poco a poco fuimos llegando, hasta estar al completo, y desayunar unas potentes barritas con aceite y tomate y alguna que otra magdalena.

Como era el primer día, tardamos un poco más de la cuenta en ponernos en marcha. Entre desayunar, subir a por las alforjas a las habitaciones, cargar las bicis de nuevo y parar en el mercado a comprar algo de fruta para los omnívoros, tardamos algo más de la cuenta en ponernos en marcha.

Una vez en marcha, seguimos a Alfredo para que nos guiase rumbo a Silos. Tras callejear un poco para salir de Burgos, enseguida empezamos a rodar por pistas de tierra con un firme muy decente. Los primeros metros por tierra fueron para superar algunas subidas y bajadas con poco importancia, pero que ya iban dejando aviso de lo que nos esperaba ese día. Un pequeño pinar nos alegró la entrada en el pequeño pueblo de Cortes, que pasamos como un mero trámite sin detenernos.

En el kilómetro 10, tras una subida tendida pero constante, llegamos a nuestro primer hito del Camino del Cid: el monasterio de San Pedro de Cardeña.

San Pedro de Cardeña

La historia del monasterio es muy amplia, siendo sus primeros protagonistas los «Mártires de Cardeña«, unos monjes que fueros martirizados por los musulmanes allá por los siglos IX y X. Cuenta la leyenda que, hasta el siglo XIV, la tierra del claustro donde fueron sepultados los mártires se teñía de un color rojizo que parecía sangre cada año en la fecha del aniversario.

En lo relativo al Cid, San Pedro de Cardeña goza de un protagonismo destacado, ya que fue aquí donde dejó a su esposa Doña Jimena y a sus hijas cuando comenzó su destierro, según el Cantar del Mio Cid.

Fue también en San Pedro de Cardeña donde Rodrígo Díaz de Vivar fue enterrado a su muerte. Un hecho curioso es que su cuerpo permaneció embalsamado durante algunos años y sentado en un escaño del presbiterio para que todo el mundo pudiese contemplarlo. Finalmente, dado el estado de conservación del cuerpo, fue enterrado junto a su mujer.

Cuenta la leyenda que también aquí está enterrado Babieca, el más famoso caballo del Cid, junto al mayordomo que se encargó de cuidarlo. El lugar elegido fue frente a la fachada principal del monasterio, bajo unos olmos plantados para señalar el lugar y que todavía se encuentran presentes.

Otro dato curioso de San Pedro de Cardeña es que conserva la bodega románica más antigua de España en uso comercial, haciendo vino con uva de Rioja. También hacen una muy buena cerveza trapense, la primera de España: Cardeña. Un dato que desconocíamos cuando visitamos el monasterio y que, de haberlo sabido, Jaime no nos hubiese dejado partir de allí sin catarla…

Al encuentro del yantar

Después de una rápida visita al monasterio, sellamos los salvoconductos por primera vez en nuestra ruta y proseguimos nuestro camino. Nos quedaban unos 5 kilómetros para alcanzar la cima del primer pico del día, situado a 1025 metros de altitud.

Bajamos cómodamente, bordeando el Arroyo Pradillos hasta llegar a Modúbar de San Cibrián, en el kilómetro 19 de nuestra ruta. Subimos un pequeño repecho para ver su iglesia de San Pedro Apóstol, del siglo XVII, y enseguida retomamos el camino, subiendo por carretera hasta lo alto de un cerro con un parque eólico que nos dejó alucinados con el tamaño de los molinos de viento.

Poco después llegamos al municipio de Los Ausines, aunque aquí no hicimos parada y seguimos sin más, pues ante nosotros teníamos una nueva subida larga y tendida hasta Cubillo del Campo, donde paramos a reponer agua para afrontar un «muro» que venía a continuación: el Pico de Laisa, con unas tremendas pendientes junto a la icónica Tizona del Cid, una espada de dimensiones colosales hecha a base de piedras sobre el suelo y que podréis ver en Google Maps si ampliáis lo suficiente.

Tras reagruparnos en lo más alto (1056 metros, el segundo pico del día), reemprendimos la marcha. Tan solo un kilómetro después echamos pie a tierra para contemplar los restos de unas antiguas canteras de piedra caliza que había en la zona.

Mecerreyes

El hambre empezaba a apretar, así que nos propusimos llegar a Mecerrereyes, un pueblo que nos recomendó Alberto (el colega de Chema) el día anterior y dejarnos caer por el Mesón de Frutos, en el que nos iban a saciar con un buen menú de carnes hasta hartarnos por sólo 23€

Los ocho kilómetros que nos separaban de Mecerreyes fueron bastante incómodos, no tanto por el desnivel, sino por el tipo de firme. Caminos arenosos y muy pedregosos, unidos al hambre que llevábamos y el calor que hacía a esas horas del mediodía, hacían estragos. Ya no íbamos tan dicharacheros como a primera hora…

Por el camino iba pensando en el origen de ese curioso nombre: Mecerreyes. Después de investigar un poco encontré que la tradición atribuye el origen del nombre a ser «cuna de reyes». Así, según dice la tradición, aquí nació Fernán González, primer conde de Castilla y uno de los primeros héroes que tendría el futuro reino de Castilla.

Llegamos a Mecerreyes y, tras reagruparnos a la entrada del pueblo, nos dirigimos hacia el restaurante. El chasco fue mayúsculo cuando llegamos y nos lo encontramos cerrado. Y es que esto es Castilla, señores…

Unos cuantos del grupo cruzaron la calle con intención de comer en el bar de enfrente, mientras unos pocos nos quedamos tirando fotos al cartel del Nitrato de Chile que había en el mesón. También pinchamos en hueso porque no tenían para darnos de comer. Así que no nos quedó otra opción que apretar el culo y acercarnos hasta Covarrubias, a unos ocho kilómetros por carretera.

Comiendo en Covarrubias

No se si fue el hambre o el hecho de haber rodado por carretera después de unos cuantos kilómetros de duro camino, pero el caso es que llegamos volando a Covarrubias, el pueblo más importante antes de nuestro destino y, como dice un cartel a sus puertas, uno de los pueblos más bonitos de España.

Como la hora ya era muy mala para comer (pasaban de las tres de la tarde), no arriesgamos y nos metimos en el primer restaurante que vimos abierto y con sitio para ocho comensales con mucha hambre, pero más sed. El elegido fue el restaurante El Puente, justo enfrente del puente sobre el río Arlanza.

La decisión no fue acertada para nada, pues la señora pareció acogernos a regañadientes. Para colmo, a la hora de pedir nos fueron dando la sorpresa de que la mayoría de platos del menú se habían terminado (en lugar de avisar previamente). Aunque el servicio fue lento, por lo menos las jarras de cerveza estaban frías y saciaron nuestra sed. Viendo a posteriori las opiniones de Tripadvisor, deberíamos haber intentado ir a otro sitio, aunque tampoco estábamos para elegir a esas horas de la tarde, así que nos dispusimos a comer tranquilos y recuperarnos de los kilómetros acumulados. La etapa estaba en el bote. O eso parecía.

Después de comer nos dimos una vuelta por el pueblo, que según Jorge era digno de visitar. Algunos aprovecharon para comprar algún recuerdo y otros nos hicimos un pequeño callejeo por el pueblo, aprovechando para ver el famoso Arco del Archivo del Adelantamiento de Castilla y la Plaza de Doña Urraca.

Volviendo a los pedales

Nos quedaban por delante los kilómetros más duros de la etapa, con la subida más larga hasta el tercer y más alto pico del día. Estábamos en el kilómetro 49 y comenzábamos la subida hasta la villa de Retuerta, situada tras una ligera bajada siguiendo el curso del río.

No paramos más que a llenar los bidones de agua en la fuente del pueblo, sabedores de que el plato fuerte se acercaba: el ascenso hasta los 1163 metros de altitud. Lo que no nos imaginábamos ni por lo más remoto era la dureza de esos kilómetros que nos quedaban.

Y es que el el kilómtero 54, tras unos primeros metros por unas pistas anchas de tierra, pasamos a rodar sobre una senda de piedras que aumentaron mucho la dificultad técnica de la ruta. Hay que recordar que íbamos siguiendo la ruta de El Destierro catalogada como BTT, que está pensada para aquellos que ruedan muy ligeros de equipaje en mountain bike. nosotros llevábamos las alforjas con unos cuantos kilos de más, que complicaban la manejabilidad de las bicis.

En este último tramo tuvimos que parar varias veces a reagruparnos, pues cada uno llevaba el ritmo que le reultaba más cómodo para pasar el duro trámite. En el kilómetro 57 empezaron a suavizarse (su su suave) los porcentajes de desnivel, pero no sería hasta el kilómetro 61 cuando empezásemos a bajar. Esto ya estaba hecho…

Cartel del Nitrato de Chile en Mecerreyes

Pero no: los que pensamos que la bajada sería un mero trámite hasta Santo Domingo de Silos nos confundimos. Las piedras de grandes dimensiones nos hicieron tirar de frenos y de destreza mucho más de lo deseado a esas alturas de ruta, en las que ya estábamos cansados y deseando llegar a destino.

Finalmente, llegamos a nuestro destino: Santo Domingo de Silos.

Santo Domingo de Silos

Nos reagrupamos en en el kilómetro 65, a la entrada del pueblo, para buscar el hotel juntos. Bajamos hasta el monasterio y algunos entramos a ver el monasterio por dentro. Aprovechando que estaban dando misa, nos sentamos unos minutos. Lo mejor es que los monjes de Silos ofrecen la posibilidad de escuchar el canto gregoriano en misa, un canto de origen medieval que lanzó al estrellato a los monjes allá por los años ochenta.

El monasterio data del siglo VII, aunque la ocupación musulmana, primero, y la desamortización de Mendizabal, después, hicieron que la actividad monacal cesase durante algunas épocas.

Fue el prior del monasterio de San Millán de la Cogolla quien, atendiendo a la petición de Fernando I de León, restablece su viejo esplendor. Con él se construyen la iglesia románica, el claustro y el resto de las dependencias monacales. San Sebastián de Silos pasaría a denominarse Santo Domingo de Silos a su muerte como reconocimiento

Ya en el siglo XIX se precisan reformas en el monasterio. La iglesia se quedaba pequeña, por lo que se encarga al arquitecto Ventura Rodríguez (muy presente en mi pueblo, Boadilla del Monte) llevar a cabo las reformas. Se derribó el templo románico para sustituirlo por otro de planta barroca.

Fue en 1835 cuando la desamortización dejó vacío el monasterio, hasta que en 1880 se establecen unos monjes benedictinos llegados de Francia.

Buscando el hotel

Después de admirar durante un rato la arquitectura del monasterio, nos pusimos a buscar nuestro hotel. Como no recordábamos el nombre, Alfredo se puso a preguntar a una señora muy amable que le invitó a alojarse en su hotel, el «Santo Domingo de Silos«. Mientras la señora vendía las bondades de su hotel y su restaurante, Jose Pablo y un servidor entramos a recepción para constatar que ese no era nuestro alojamiento.

Nuestro hotel se encontraba a unos escasos cien metros, el Hotel Silos 2000. Cuando llegamos nos dio la sensación de estar vacío, pues la recepción tenía un cartel hecho a mano con un número de teléfono de contacto y no había nadie para recibirnos. En realidad, el encargado estaba esperándonos en la cafetería, viendo la tele.

Formalizamos la reserva y subimos a nuestras habitaciones, que en esta ocasión eran cuatro dobles. Habitaciones amplias, limpias y muy correctas. Yo dormí con Javi, mientras que Jose Pablo lo hizo con Chema, Jorge con Alfredo y Jaime con Dani. Un reparto que se mantendría en las noches venideras.

Tras una buena ducha y unas jarras de cerveza en la terraza nos fuimos a cenar al pueblo, viendo que nuestro hotel no estaba muy animado. El restaurante elegido fue el que la señora recomendó a Alfredo a nuestra llegada a Silos, con un menú muy aceptable que algunos rematamos con un helado.

Antes de irnos a dormir, a Alfredo le tocó soportar las bromas de haber ligado con las eñora del hotel. Alfredo 1- Jose Pablo 0…

Como de costumbre, os dejo las fotos de la jornada en un álbum de Facebook.

Si queréis echar un ojo a los datos técnicos de la ruta, podéis hacerlo en el track que he colgado en mi página de Polar Flow.