Llegó el momento. Meses después de que surgiese la idea de hacer el Canal de Castilla no quedaba sino batirse, como diría Alatriste.

Toda la semana mirando las predicciones meteorológicas en Internet no cambió lo que nos temíamos: un tiempo de perros para “nuestro” fin de semana. El segundo día íbamos a tener una ligera mejoría, pero el primero se presentaba como un auténtico aguacero durante casi todas las horas que íbamos a montar. Aún así, nadie arrojó la toalla y la convocatoria salió adelante con todos menos con Rohan, que estaba todavía convaleciente de una gripe que pilló la semana anterior.

El reparto de coches estaba claro desde hacía días. Los “Jaguares del Henares” (Jorge y Jaime) saldrían un día antes desde su oficina y harían noche en el albergue de Herrera de Pisuerga. Chema y Vicente saldrían desde Madrid, como Chema y Jose Pablo. La “Cuadrilla de Boadilla” (Javi, David y un servidor), saldríamos de Boadilla.

Carretera y manta

En nuestro caso, como la idea era empezar a pedalear a las 11:00 en Alar del Rey, quedamos a las 7:00. La tarde anterior dejamos montados los tres portabicis en mi coche para que el sábado sólo quedase pendiente recoger a la gente y salir hacia la aventura.

Era la primera vez que montaba tres bicis en el techo, pero no hubo ningún contratiempo y nuestro viaje transcurrió sin ningún incidente. Paramos justo a la entrada de Valladolid a desayunar (ahí los sanotes que optaron por una barrita con tomate perdieron la partida frente al gordo de la napolitana) y continuamos hacia Alar del Rey sin más dilación.

Según pasaban los kilómetros y nos acercábamos a nuestro destino, los nubarrones eran más y más grises. Las primeras gotas hicieron acto de presencia y no pudimos evitar que aflorase una pequeña risa floja. De todos modos, la suerte estaba echada…

Cuando llegamos a Alar del Rey ya estaban esperándonos Jorge y Jaime. Juanma y Vicente habían aparcado en la estación de tren (las costumbres de sus quedadas anteriores por el Canal). Con la llegada de Chema y JP empezamos a prepararnos para pedalear con un día lluvioso y, unas cuantas fotos después, salimos al encuentro de los de la estación. La aventura había comenzado.

Salida desde Alar del Rey

Nos encontramos con Juanma y Vicente a la altura del “Bar el chocho” (ojo al nombre) bajo una lluvia casi torrencial. Tuvimos que resguardarnos un rato bajo un voladizo, pero enseguida salimos hacia el nacimiento del Canal de Castilla, que estaba a unos pocos metros.

Alar del Rey es el comienzo del Ramal del Norte, el más largo y con mayor desnivel de los tres que forman el Canal de Castilla, pero no fue el punto en que se empezó a construir el Canal. Las obras comenzaron el 16 de julio de 1753 en Calahorra de Ribas, y no fue hasta 1759 cuando se iniciaron las obras en Alar del Rey, que duraron hasta agosto de 1791, cuando las aguas del Norte se unieron con las del Ramal de Campos en Calahorra de Ribas.

En su origen, el Ramal del Norte toma las aguas del Río Pisuerga. Un simple monolito es todo lo que “homenajea” el punto de partida de la mayor obra de ingeniería hidráulica de todas las realizadas entre mediados del siglo XVIII y el primer tercio del XIX en España. La sobriedad castellana, ya sabéis 🙂

Poco después de reanudar la marcha nos encontramos con el Puente de la Coneja (la primera retención de agua), la dársena de Alar del Rey y unas antiguas mazmorras. Justo a la altura de las mazmorras se puso a llover de nuevo. Tanto que tuvimos que echar pie a tierra a la altura del Barrio de San Vicente, llevando unos escasos 3,5 kilómetros de nuestra ruta. Un cobertizo de maquinaria agrícola nos sirvió de cobijo hasta que amainó la tormenta. Por cierto, aquí se puede contemplar la primera esclusa del Canal y unos restos de una antigua central eléctrica.

Seguimos el recorrido hacia San Quirce de Riopisuerga, donde se puede visitar una central eléctrica restaurada, aunque nosotros no lo hicimos. A esta altura ya habíamos podido disfrutar de cuatro esclusas de planta ovalada, que al principio llamaban mucho la atención pero a las que ibas “cogiendo cariño” a lo largo del recorrido y ya no resultaban tan impresionantes.

Herrera de Pisuerga

En el kilómetro ocho de nuestro recorrido nos cruzamos con la carretera que lleva hacia Herrera de Pisuerga, donde se quedaron a dormir Jaime y Jorge la noche anterior. Aquí se encuentran la quinta y sexta esclusa (que tiene compuertas y está adaptada para la navegación) y, un poco más adelante, la Presa de San Andrés, donde intentamos visitar el Centro de Interpretación del Canal de Castilla (no pudimos porque estaba cerrado), después de cruzar el río Pisuerga por un espectacular puente colgante.

Aquí también es donde se puede disfrutar de uno de los barcos que navegan por el Canal de Castilla: el Marqués de la Ensenada, llamado así en honor al ministro del rey Fernando VI y verdadero propulsor del proyecto del Canal de Castilla.

Tras un reagrupamiento en el Centro de Interpretación, empezamos de nuevo a rodar por el Canal, aunque esta vez lo haríamos con el Canal del Pisuerga acompañándonos a mano izquierda. El trayecto que separa la presa del siguiente pueblo, Ventosa de Pisuerga,  transcurrió sin incidencias, aunque algunos tramos estaban especialmente embarrados por la intensa lluvia que cayó horas antes.

Comer en el Canal de Castilla

En la esclusa de Ventosa de Pisuerga (la 8), en el kilómetro dieciséis, hicimos otro reagrupamiento y nos planteamos salir del Canal para subir hasta el pueblo a comer algo. Los dos sabios de la expedición (Vicente y Juanma tienen algún que otro Canal de Castilla en su haber) así lo recomendaron, pues íbamos a afrontar un tramo con escasas alternativas para “manducar”.

Así llegamos a lo que parecía ser el único bar del pueblo: el Teleclub (me encantan los teleclubs 😀 ). El tendero su echó a temblar cuando vio aparecer a nueve tíos embarrados hasta las trancas ávidos de comida y bebida. De hecho, nos dijo que no tenía pan para hacernos bocadillos a todos, por lo que tuvimos que tirar de las viandas que algunos habíamos llevado “por si las moscas”.

Un rato después ya estábamos listos para reanudar la marcha. Y, lo mejor de todo, es que el cielo se había despejado bastante y lucía un sol radiante.

Poco después de nuestro arranque llegamos hasta Olmos de Pisuerga, donde sus ruinas y una esclusa doble (11 y 12) nos hicieron pensar en la importancia que debió tener este punto en el Canal de Castilla.

Poco antes de San Llorente de la Vega, ya en la provincia de Burgos, encontramos la esclusa 14, junto a la que se ha reconstruido la casa del esclusero para hacer las veces de “museo de los oficios del canal“, que nosotros no pudimos visitar por estar cerrado.

Seguimos nuestro recorrido por el margen izquierdo del Canal de Castilla y poco después llegamos al bonito hotel rural Carrecalzada, un edificio rehabilitado en el que paramos a tomar algo y en el que Jose Pablo tuvo que pedir una crema de orujo porque “con una cerveza no iba a rendir“. Aquí también está el embarcadero de otra de las embarcaciones que recorre el Canal de Castilla: el “San Carlos de Abánades“.

Unas cervezas más tarde volvimos a nuestras monturas para encontrarnos con uno de los mayores espectáculos que el Canal de Castilla nos ofrece…

El acueducto de Abánades

El acueducto de Abánades, también conocido como Puente del Rey, está situado entre Osorno (Palencia) y Malgar de Fernamental (Burgos). Se empezó a construir para permitir el paso del Canal de Castilla sobre el río Valdavia en 1775 y tardó cinco años en terminarse, aunque por sus problemas de filtraciones tuvo que reformarse entre 1859 y 1863, efectuando una profunda reparación de sus arcos y llegando a desmontarse y recomponerse los muros que sostenían los caminos de sirga.

Fue precisamente sobre el acueducto donde la bici de Jose Pablo se dio un baño hasta el sillín para limpiar todo el barro que llevaba acumulado. Y es que los traseros y los ánimos empezaban a estar magullados a estas alturas del recorrido, pues se hacía muy difícil mantener una velocidad de crucero con tantos charcos, que obligaban a apretar los dientes para recuperar el ritmo.

Poco después de pasar por el acueducto llegaríamos a Osorno, ya en el kilómetro cuarenta de nuestra ruta. Aquí nos perdimos unos metros porque tuvimos que salvar un pequeño desnivel (nada serio, pero teniendo en cuenta que el Canal de Castilla es totalmente llano…) tras pasar bajo la autopista. Íbamos rodando por el margen izquierdo del Canal, ya sin la compañía del Canal del Pisuerga (que se separó de nosotros en Carrecalzada) hacia Santillana de Campos, tras pasar junto a la esclusa 15 y el acueducto de la Vallarna, menos interesante que el anterior de Abánades.

Esta parte fue la más rápida, pues ya no encontraríamos localidades cercanas al Canal hasta llegar a Requena de Campos, que estaba a unos diez kilómetros. Así, subimos un poco la media hasta rodar fácilmente en torno a los 23 km/h sin darnos cuenta de que esto nos podría pasar factura un poco más adelante, como así fue. Y es que Juanma, un tío curtido en mil batallas, empezó a acusar el chaparrón del principio y a bajar un poco el ritmo ante la inminente pájara que se intuía. El tío del mazo también se había venido con nosotros…

El camino hasta Requena estuvo adornado por cuatro acueductos y un montón de almenaras para el regadío. Llegamos rápidamente al puente de Requena, donde decidimos esperar para reagruparnos de nuevo, y fue ahí cuando vimos que había que bajar el ritmo para entrar todos juntos en Frómista. Supongo que a Juanma se le juntó la avería de la bici (la horquilla perdía aire, por lo que iba totalmente comprimida) con la hipotermia del comienzo para desembocar en una buena pájara, pero la verdad es que más de uno iba algo tocado a estas alturas.

Al continuar nuestro camino pasamos por la charca de Valdemorco, aunque no perdimos mucho tiempo para observarla con detenimiento. Después de la esclusa 16, en el margen derecho aparece una gran extensión de terreno completamente inundado: la toja del Molino. A la izquierda hay un camino que lleva hasta Boadilla del Camino, a donde me hubiese gustado acercarme, pero las ganas por llegar a Frómista pudieron más. Ya llevábamos 59 kilómetros de aventura.

Como vimos en el documental del Canal de Castilla de TVE, desde este punto, el “Camino de la Razón” (el Canal de Castilla) y el “Camino de la Fe” (el Camino de Santiago) comparten senda hasta Frómista.

Iglesia románica de San Martín de Frómista, Canal de Castilla

Iglesia románica de San Martín de Frómista, Canal de Castilla

Frómista

La primera mitad de nuestro viaje  finaliza en Frómista, también conocida como la “Villa del Milagro”. Lo primero que vemos nada más llegar es una de las esclusas más espectaculares de todo el recorrido: la esclusa cuádruple 17-18-19 y 20, única cuádruple de todo el Canal de Castilla y la que más desnivel salva de todo el recorrido.

Después de observar semejante obra, de tirar unos cuantos miles de fotos y de congratularnos por haber alcanzado el final de la etapa pusimos rumbo al núcleo urbano de Frómista, buscando nuestro alojamiento. Nada más entrar en el pueblo pudimos comprobar que Frómista tiene el privilegio de contar con obras de arte tan espectaculares y singulares como la iglesia románica de “San Martín”, del siglo XI y uno de los ejemplos del románico europeo, y Santa María del Castillo, que visitaríamos al día siguiente por la mañana.

El Hostal El Apostol fue el elegido para pasar la noche, siguiendo los consejos de Booking, y hay que decir que fue un acierto total. Mientras los cuatro conductores volvían a Alar del Rey a por los coches en taxi, Juanma aprovechó para echarse un rato y recuperar las fuerzas mientras el resto se daba a la bebida junto a un parroquiano vestido del ejército del aire 😀 .

Las habitaciones estaban muy bien: limpias y con un toque rural. La nuestra era una de las dos triples que teníamos reservadas, y era bastante espaciosa. A mi me tocó compartir habitación con David y con Javi, pues hicimos el  reparto de las habitaciones de la misma manera que los coches.

La cena fue espectacular. El hostal tenía dos menús que nos dejaron más que complacidos en cantidad y calidad. Estábamos tan cansados que no hubo ni copa después de la cena: paseíto por el pueblo de noche (precioso) y a la cama. Al día siguiente quedaba un paseo hasta Grijota.

Podéis ver todas las fotos de nuestro viaje en su álbum de Facebook, como de costumbre.