La noche en el albergue de Melide resultó ser mucho más placentera de lo que nos esperábamos. El cansancio acumulado nos ayudó a conciliar el sueño rápidamente y la experiencia también nos ayudó a salir más temprano por la mañana: a las 8:15 ya estábamos sobre la bici todos desayunados. Quizás la emoción de saber que esa era la última etapa y que cenaríamos en Santiago con la Compostela bajo el brazo también colaboraba, quien sabe. El objetivo del año estaba a tan sólo cincuenta y cinco kilómetros de nada.

Salimos del albergue de Melide con nuestra credencial sellada (obligatoria para obtener la Compostela). Tras un breve callejeo, ponemos rumbo a Raido, la siguiente localidad, por un bosque de carballos (robles). A pesar de la ilusión, se nota que el ajetreo de las tres jornadas anteriores va haciendo mella. El camino, por lo que íbamos viendo, seguiría la tónica general desde que entramos en Galicia: rompepiernas. Hasta Boente iríamos acumulando desnivel negativo, pero de vez en cuando aparecía una rampa que te recordaba donde estabas.

Precisamente en Boente paramos unos cuantos a sellar nuestra credencial en la iglesia de Santiago de Boente. Aquí es donde empezaba una larga bajada de unos tres kilómetros que nos dejaría a orillas de un río.

Rumbo a Santiago de Compostela

Rumbo a Santiago de Compostela

La siguiente gran población que nos esperaba era Arzúa, pero antes de llegar hasta allí tuvimos que pasar por Castañeda y Ribadiso, un pequeño pueblo a orillas de un río con un puente y un albergue preciosos. Fue precisamente en Ribadiso donde tuvimos que hacer una nueva parada técnica para revisar las pastillas de freno de David. El día anterior sustituimos las delanteras en Melide, pero en esta ocasión las que murieron fueron las traseras. Menos mal que David llevaba recambio, porque circular por estos toboganes sin freno da un poco de miedo en algunas ocasiones (doy fe de ello).

Arzúa

Entramos en Arzúa sin más complicaciones que un bonito repecho, atravesando su calle principal. A estas alturas ya llevábamos unos cuantos kilómetros sin Edu y Pelayo, que iban adelantados como en las etapas anteriores, por lo que decidimos no demorarnos demasiado y no parar en la tierra del queso (así llaman a Arzúa). Una pena, pues la capilla de la Magdalena bien merecía una visita.

Por cierto, un sitio muy recomendado si estáis haciendo el camino y necesitáis un buen masaje a vuestro paso por Arzúa es Masajes Arzúa, en la misma Calle de Lugo. Conozco a más de uno que ha pasado por allí y han hecho milagros con él 🙂

No se si al resto de compañeros les pasó lo mismo, pero yo a estas alturas de nuestra ruta llevaba sensaciones encontradas en mi cabeza. Por un lado quería llegar a Santiago y completar nuestra aventura, pero por el otro sentía cierta “morriña” porque se acabase esta experiencia. Intentando no darle mucho al coco y disfrutar del camino que nos quedaba fuimos dejando atrás Arzúa. Nuestro siguiente objetivo era el Monte do Gozo, pero todavía nos quedaban unas cuantas cuestas que disfrutar. Llevábamos menos de quince kilómetros en las piernas.

Los eucaliptos nos irían acompañando buena parte de esta etapa. En las continuas subidas y bajadas iríamos dejando atrás Pregontoño, A Peroxa, Calzada, Boavista y Salceda, buscando el alto de Santa Irene.

Justo en lo más alto, a unos 420 metros de altura, nos detuvimos a tomar algo. La última cuesta, unida a las altas temperaturas de esos días, hizo mella en nosotros. La idea era tomar algo rápido, pero una vez llegamos al restaurante O Ceadoiro y vimos su magnífica tortilla de patatas no pudimos resistirnos a tomarnos un buen bocadillo. Nos lo pedía el cuerpo.

Con el ánimo (y las piernas) recompuestos decidimos emprender la marcha de nuevo, siempre con Santiago de Compostela en mente. Nos tocaba afrontar un buen descenso con tramos de carretera hasta Pedrouzo, que nos vino bastante bien para ir aclimatando las posaderas de nuevo a la bici. El disfrute fue poco, pues al llegar a Cimadevilla nos tocó afrontar una incómoda rampa hasta el aeropuerto de Lavacolla.

Llegamos al aeropuerto justo cuando un avión estaba despegando, lo que despertó la curiosidad de Ramón y Félix, que se apostaron en un árbol para poder ser testigos de excepción del siguiente despegue. En lo que no cayeron es que el aeropuerto de Santiago no tiene el tráfico que tiene el de Madrid, por lo que unos minutos después (que vinieron bien para reagruparnos a la sombra) depusieron su actitud sin ver ningún avión 😀

Monte do Gozo

Lo que sí despegó en Lavacolla fue la pendiente. Y es que nos estábamos acercando a uno de los puntos más destacados de la etapa: el Monte do Gozo. El último repecho “gordo” del Camino de Santiago. Un repecho que puede esconder al tío del mazo si no has reservado algo de fuerzas.

La subida hasta el monumento es por pista asfaltada, bastante cómoda. La pendiente, aunque de media elevada, también es llevadera. Pero el momento en que llega, al final de la última etapa, es muy malo. Tocó poner a prueba nuestras últimas fuerzas, pero el esfuerzo valdría la pena.

Antes de llegar a la cima paramos en el Camping San Marcos, pues sólo llevábamos un sello en la credencial ese día y queríamos asegurarnos de llevar un par de ellos antes de entrar en Santiago. Aprovechamos la pausa parar tomarnos algo antes de retomar la marcha.

Ya en la cima del Monte do Gozo nos encontramos con unas vistas impresionantes. Dicen que los días despejados se puede contemplar las torres de la catedral de Santiago de Compostela, objetivo tan perseguido por cualquier peregrino los últimos días, pero nosotros no tuvimos esa suerte. O, al menos, yo no vi tales torres.

En el Monte do Gozo pudimos hacernos unas fotos junto al monumento conmemorativo de la visita a Santiago de Compostela del Papa Juan Pablo II en 1989, cuando presidió en el Monte do Gozo la IV Jornada Mundial de la Juventud. Mientras estábamos en ello, llegó arriba un amplio grupo de portugueses en bici que nos puso los dientes largos por lo bien organizados que iban (furgoneta escoba y todo). Siempre ha habido clases…

Santiago de Compostela

La bajada desde el Monte do Gozo no tuvo misterio ninguno. Los nervios ya iban a flor de piel, pues el final del reto 2017 estaba más cerca que nunca. Entramos a Santiago de Compostela rápidamente, buscando el casco antiguo y la tan perseguida catedral.

Foto de grupo en la Plaza del Obradoiro

Foto de grupo en la Plaza del Obradoiro

Poco más tarde, después de un rato de callejeo, entramos en la Plaza del Obradoiro junto al hotel de Los Reyes Católicos y nos dimos de bruces con la imponente e impresionante catedral de Santiago de Compostela. Para nuestra desgracia, las obras tapaban toda la fachada. Pero el viaje mereció la pena, sin duda alguna. Poco a poco nos fuimos reagrupando en la plaza, hasta completar la foto de grupo. Tocaba hacer unas cuantas gestiones…

La compostela

La “Compostella“ es la acreditación de la peregrinación a Santiago. sus origines se remontan al siglo IX, desde que la peregrinación a la Tumba de Santiago se institucionalizó. Para acreditar dicha peregrinación se utilizaron las insignias que se adquirían únicamente en Santiago (la hoy famosa concha de viera). El problema con esas conchas es que eran muy fáciles de falsificar, por lo que se decidió cambiar el formato. Así surgieron las cartas probatorias, que ya se expedían en el siglo XIII. Estas cartas son el origen directo de la Compostela.

La aparición de los vehículos a motor supuso un cambio importante, ya que se temía que el esfuerzo y el sacrificio que hasta este momento significó la peregrinación a pie dejara paso a una actividad placentera y agradable. El Cabildo de la Iglesia Metropolitana de Santiago siguió expidiendo el certificado y en la época moderna se limitó la concesión de la “Compostela” a aquellos que acuden a la Tumba del Apóstol por motivo religioso y/o espiritual, y siguiendo las rutas del Camino de Santiago a pie, en bicicleta o a caballo. Para ello se exige haber recorrido como mínimo los últimos 100 kilómetros a pie o a caballo o también los últimos 200 en bicicleta, lo cual se demuestra con la evidencia de la “credencial del peregrino” debidamente sellada a lo largo de la ruta recorrida.

Para recoger el título acreditativo es necesario sellar el último sello de la credencial en la oficina internacional del peregrino, un poco más abajo de la Plaza del Obradoiro. Nosotros hicimos una primera intentona nada más llegar, pero la cola era tan grande que decidimos ir a comer y volver por la tarde.

Pelayo y Edu nos recomendaron el restaurante Galeón, en el que pudimos saciar nuestro voraz apetito con unos bocadillos de un tamaño descomunal. Ramón incluso repitió postre (algo nunca visto antes), y es que la hija del Capitán merecía la pena…

La noche la pasaríamos en el hostal La Salle, donde teníamos reservadas un par de habitaciones. Una era para seis personas, pero la otra era para cuatro, así que tocó echar a suertes quién se quedaba acompañando a Edu (voluntario) en la compartida. Ramón fue el afortunado.

Una ducha y salimos hacia la ofina del peregrino, a esperar algo más de una hora por el tan ansiado último sello y la Compostela. Tan larga fue la espera que dio al traste con nuestra intención de visitar la catedral y abrazar al santo.

La cena, reservada por el departamento de festejos (gracias, Helder), estuvo a la altura de lo esperado para clausurar en reto de este tamaño. En el restaurante A Barrola nos dieron de cenar muy bien. Sitio recomendado. Antes de volver a la cama, Ramón tuvo a bien invitarnos a unos GinTonics que nos supieron a gloria bendita. Casi tan buenos como el último sello en la credencial. El cansancio acumulado hacia mella en nuestras ganas de fiesta, así que decidimos que una retirada a tiempo era como una victoria.

Ya de vuelta en el albergue, y antes de subir a las habitaciones, nos pusimos a cargar las bicis en la furgoneta para tener todo listo a primera hora. Pelayo y Edu nos facilitaron mucho las cosas yendo a recoger la furgoneta y el coche mientras nosotros comíamos.

La noche pasó mejor de lo esperado, pues el calor hacía presagiar un “mala noche, chicos” por la mañana. Tocaba madrugar para abrazar al santo antes de partir. Desayunamos en un bar cercano a las 7:00 y salimos hacia la catedral, a ver si no pillábamos mucho jaleo.

Las obras nos impidieron disfrutar del Pórtico de la Gloria, pero no que abrazásemos al santo como se merece. Con esto terminamos oficialmente el reto 2017. Quedaba la vuelta a Madrid, pero afortunadamente transcurrió sin incidencias. Edu y Pelayo se chuparon de nuevo el viaje conduciendo, aunque esta vez cambiaron de vehículo.

Conclusión

Como conclusión, y como suelo decir cada vez que acabamos un reto, el reto de 2017 es historia. Una aventura que ha valido mucho la pena no tanto por su dureza, sino por la organización de un viaje de varios días con tanta gente. Afortunadamente, todo ha venido de cara y no hemos tenido que sufrir ningún incidente fuera de los típicos pinchazos o cambio de pastillas. Muy afortunados.

He de decir que me alegro mucho de haber podido completar la peregrinación a Santiago por varios motivos. El primero de ellos es por terminar un viaje que realmente empecé hace unos doce o trece años, cuando iba a peregrinar en compañía de mi primo David y tuvimos que abortar la misión poco antes del día señalado por varios motivos. El segundo es por cumplir una promesa que hice hace un par de años, cuando estaba pasando por el peor momento de mi vida. Y el tercero, por poder dedicarlo a la memoria de la madre de un gran amigo, que por desgracia nos dejó de repente hace poco. Va por ella, hermano.

Ya estoy pensando en el reto de 2018, pero con el buen sabor de boca que nos ha dejado el Camino de Santiago va a ser difícil superar este viaje.

Ya sabéis que tenéis disponibles todas las fotos del viaje en su álbum de Facebook. Actualizado hace poco con las fotos de Félix, por cierto. Vale la pena echarle un vistazo.

Etapa 1 de nuestro Camino de Santiago: Ponferrada – Herrerías

Etapa 2 de nuestro Camino de Santiago: Herrerías – Sarria

Etapa 3 de nuestro Camino de Santiago: Sarria – Melide