Segunda etapa por tierras gallegas y cuarta de nuestro Camino de Santiago 2018. Las piernas empezaban a pesar, pero los ánimos estaban mejor que nunca. Nos esperaban poco más de cuarenta kilómetros hasta Caldas de Reis, con tres “picos” de escasa dificultad para unos valientes que rodaron por Labruja dos días antes.

Tras un buen desayuno a base de palmeras de chocolate (mi árbol favorito) y devolver las llaves a los dueños del apartamento de Redondela nos dispusimos a partir. La salida se hacía por la calle principal, hasta atravesar una carretera con bastante tráfico antes de llegar a la altura de la playa de Cesantes, donde nos desviamos a vías menos transitadas.

La pendiente inicial era elevada, tanto que a escasos cuatro kilómetors ya habíamos subido el primero de los tres “picos” del día: estábamos en el alto de Lomba, al lado de Outeiro das Penas. El paisaje era de lo más verde, e incluso podíamos disfrutar de las vistas a la ría de Vigo a nuestra izquierda en muchas ocasiones.

La bajada fue trepidante, por lo menos hasta el tramo en que enganchamos con la N-550, que nos llevaría hasta el precioso pueblo de Arcade.

Arcade

Muchos conocerán el nombre de Arcade porque va ligado ineludiblemente al de sus ostras: las famosas “ostras de Arcade“. Aunque apenas quedan ostras “autóctonas”, ya que lo que se hace en la actualidad es importar las crías para que crezcan en las aguas de la ría de Arcade, lo que le da su inigualable sabor.

Puente romano de Arcade

Puente romano de Arcade

Nosotros paramos a estirar las piernas un rato junto al maravilloso puente medieval de origen romano que separa Arcade de Ponte Sampaio, cruzando el río Verdugo. Unas cuantas fotos después, volvimos a las bicis para continuar con nuestro camino dirección Pontevedra.

Retomar los pedales desde el puente se hizo durillo, pues estábamos en el punto más bajo posible y teníamos que afrontar otro repecho para coronar nuestro segundo alto de la jornada, que hicimos en tan sólo tres kilómetros y medio. Ya estábamos en el kilómetro once y medio, y el recorrido seguía siendo paralelo a la M-550.

Pontevedra

Llegamos a Pontevedra tras unos ocho kilómetros y medio bastante placenteros, por calles y carreteras secundarias muy bien asfaltadas. Lo más complicado fue moverse por las calles una vez allí, ya que el tráfico era el propio de las grandes ciudades. En más de una ocasión hubo que echar pie a tierra y cruzar por los pasos de peatones.

El centro urbano de Pontevedra es muy bonito. No en vano, posee un centro histórico considerado el más importante de Galicia tras el de Santiago de Compostela. Nosotros hicimos una parada en la Capilla de la Virgen Peregrina, una preciosa iglesia de planta en forma de vieira. Se empezó a construir en 1778 y se trata de una de las edificaciones más simbólicas y relevantes de Pontevedra. Está dedicada a la Virgen que, según la tradición, guiaba a los peregrinos desde Bayona hasta Santiago.

Tras sellar nuestras credenciales y patear un poco el centro de Pontevedra nos dirigimos hacia el río Lérez para cruzar sobre el puente del Burgo, que es el que da el nombre a esta bonita ciudad (el nombre Pontevedra deriva del latín y significa puente viejo). La historia de este puente es bastante importante, ya que la vía XIX del itinerario de Antonino, que unía Bracara Augusta (Braga), Lucus Augusti (Lugo) e Asturica Augusta (Astorga) en la época de los romanos, cruzaba el río Lérez por Pontevedra. La mansión de Turoqua (núcleo de población) se emplazaba en las proximidades del lugar que ocupa hoy el puente del Burgo, en pleno centro histórico de la ciudad.

Puente del Burgo, Pontevedra

Puente del Burgo, Pontevedra

Dudamos por unos momentos sobre la comida. No sabíamos si era mejor parar a comer en Pontevedra o seguir pedaleando un rato más. Como nos encontrábamos bien de ánimos decidimos seguir, afrontando el pico que nos quedaba pendiente hasta Caldas de Reis y que a priori se presentaba mucho más tendido que los dos anteriores.

La posada del Peregrino en Barro

Piano piano si arriva lontano, que dice el famoso dicho italiano (chi va piano, va lontano: el que va despacio llega lejos). Y así nos plantamos sin mucho más que decir en plena subida hasta Barro, el municipio en lo más alto del último “puerto” de la jornada. Kilómetro veintinueve de la etapa y, ahora sí, todos llevábamos más hambre que un maestro de escuela.

Yo iba bastante preocupado por el apaño del radio que me hicieron el día anterior en Tui. En una de las pocas bajadas que hubo tras dejar atrás  Pontevedra me percaté de que otro radio había saltado por los aires (el opuesto al reparado, como es lógico en estos casos) y no me sentía nada cómodo. Es más, llevaba un mosqueo de narices.

La parada en Barro nos vino bien para descansar cuerpo y mente. Tras dudarlo un poco, decidimos pasar a comer a La Posada del Peregrino y debo confesar que fue todo un acierto. Allí nos atendieron como en ningún lado hasta la fecha. Nos dieron de comer y de beber de manera abundante y muy rica (la señora tenía varios premios de Radio Turismo a la mejor tortilla de patatas), lo que me sirvió para relajar los ánimos y retomar la bici a tope. Jaime aprovechó para comprar algún souvenir (se llevó una concha pintada a mano preciosa).

Ya sólo quedaba dejarse caer diez kilómetros hasta Caldas de Reis

Caldas de Reis

El tramo que separaba Barro de Caldas de Reis se hizo bastante llevadero. De no ser por el dolor de posaderas que llevábamos y por el puñetero radio roto, habría sido un mero trámite. La bajada no fue tan divertida como la que hicimos hasta Pontevedra, sobre todo porque la rueda ya empezaba a ir algo descentrada.

Como llegamos pronto, decidimos buscar un sitio para reparar la rueda antes de ir a nuestro apartamento. Hicimos la parada en una cafetería cercana y allí nos encontramos al que sin lugar a duda iba a ser el personaje del Camino de Santiago: el gran Andoni.

Andoni

La historia de Andoni es singular, mezcla de realidad y ficción. De todo lo que nos contó, lo único que pudimos dar como verdadero es que Andoni era profesor en Galdácano (Vizcaya) hace diez años. Un día, una alumna suya de tan sólo doce años tuvo la mala suerte de caer por la ventana, quedando en coma. El hecho traumatizó de tal manera a Andoni que se puso a hacer el Camino de Santiago, con la promesa de que no pararía hasta que la niña se recuperase. Lamentablemente, la niña falleció en el hospital días más tarde. Andoni nunca volvió a casa: abandonó todo por vivir el Camino y diez años más tarde ya había recorrido muchos más de 20.000 kilómetros.

Él contaba su historia permitiéndose alguna que otra licencia, como que era doctor de derecho en Deusto y que dejó una riqueza importante en su tierra (Hummer incluído) para malvivir en el Camino. La verdad es que por momentos sentimos algo de admiración mezclada con pena, pero quien sabe lo que le pasó a ese hombre por la cabeza para empujarlo a vivir como un vagabundo en Caldas de Reis, en pleno Camino de Santiago…

Andoni en Caldas de Reis

Andoni en Caldas de Reis

Mientras Andoni se crecía contando su historia, yo dejé a JP, Jaime y Ramón al cargo de la situación y me acerqué hasta Bicis García, que acababa de abrir, para retomar la reparación de mi radio. El tendero era una persona singular, pero se comprometió a reparar la rueda fuese como fuese. Me dio buena impresión, así que le dejé la bici mientras volvía con el grupo para ir a nuestro alojamiento.

Alojamiento Caldas de Reis

Llegamos a nuestro alojamiento enseguida. Era un apartamento muy amplio, de construcción reciente. Tal vez por eso no nos dejaron subir las monturas al apartamento y tuvimos que dejarlas en un local de una calle cercana, propiedad de los mismos dueños.

En cuanto nos duchamos y arreglamos un poco salimos a conocer Caldas de Reis, un municipio precioso en el que destacan sus balnearios y el jardín centenario junto al río Umia. Fue precisamente en el jardín centenario donde estuvimos matando el tiempo hasta que rematasen la rueda de la bicicleta, viendo cómo Jose Pablo se quedaba embelesado con los “tilos de hoja grande” de la rivera y como Ramón le entraba al trapo con los cantos de los pájaros. También nos dio tiempo a conocer la famosa “fuente de las burgas“, que tiene la extraña característica de abastecerse de un manantial de aguas termales. Resulta curioso ver como el agua sale a esa temperatura tan elevada, como en el antiguo lavadero de ropa que hay un poco más arriba y que muchos peregrinos usan para relajar las piernas y beneficiarse de las propiedades curativas de sus aguas.

Una vez recogida la rueda, Ramón y yo la montamos de nuevo en la bici y la llevamos al apartamento mientras Jaime y Jose Pablo se hacían fuertes en el bar que nos recibió a nuestra llegada a Caldas de Reis, pues esa tarde había partido de la selección (contra Portugal) y no nos lo podíamos perder.

Un par de horas más tarde, las cervezas nos habían quitado el hambre (y Portugal nos había pasado por encima), así que nos limitamos a cenar unas pizzas cerca del apartamento y recogernos temprano. Nos esperaba una dura jornada al día siguiente y había que estar frescos.